domingo, 15 de febrero de 2026

Conocerte mejor

    Hablando de adverbios acabados en mente, este es el comienzo de la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie: “Siempre he deseado ser conocida, conocida verdaderamente, por otro ser humano”. Además del peso exagerado de “verdaderamente” está la forma pasiva inglesa, veo más natural e incluso más exacto decir: “Siempre he deseado que otro ser humano me conozca de verdad”.
    Pero lo que quería comentar es lo buena que me parece la idea para comenzar una historia. Las primeras frases, y las últimas, son importantes, actúan de gancho. Una primera frase debe también resumir un poco todo el libro y en este caso es así; la protagonista se pasa la novela buscando esa persona que la conozca “de verdad”. El sexo es un elemento importante, puede que imprescindible.
    La frase es tan concisa que pide una ampliación, nos pone a pensar y origina una reacción en cadena ¿Y yo?, ¿quiero que alguien me conozca del todo?, ¿es conveniente, en realidad?, ¿no habría que empezar por conocerse uno mismo? Igual lo que sucede es que quieres que te conozcan para tener un espejo en el que mirarte.
    Algunas conclusiones provisionales: una, ante cualquier declaración siempre hay que considerar como quedaría vuelta del revés; dos, ese conocimiento no tiene sentido si no es mutuo; tres, casi siempre es preferible la actividad, conocer, a la pasividad, que te conozcan.
    Me pregunto entonces por mi propio interés y hasta qué punto he conseguido conocer a las personas importantes en mi vida. Hasta un punto insuficiente, me temo, y, además, tampoco tengo claro en qué consiste conocer a otro ser humano; si conocer equivale a entender, si para entender hay que perdonar y si perdonar es una condición necesaria para querer. Y no digo nada de amar por si eso de amar fuera solo una forma de lenguaje poético.

jueves, 12 de febrero de 2026

La euforia del hombre

    La llamada “guerra de sexos” era un género cinematográfico basado en los roles del hombre y la mujer, que eran opuestos en casi todo. Aunque el tema es eterno, los papeles ya no están tan definidos, por fortuna, y, de hecho, ni las mismos categorías, masculina y femenina son tan exclusivas. Lo digo por una frase que he escuchado y que encajaría en cualquiera de aquellas películas; por ejemplo, en “El hombre tranquilo” de John Ford.
    Puedo imaginar una escena en la taberna en la que, a cuenta del interés del protagonista por la pelirroja Maureen O’Hara, el típico secundario achispado se quita con la mano derecha la pipa de la boca al tiempo que coge el brazo de John Wayne con la izquierda e inclinándose hacia él le dice, muy serio: “La mujer pronto le quita la euforia al hombre”.
    Esta sentencia, literal, la he oído hace poco atribuida a un tercero que solía decirla. La mujer pronto le quita la euforia al hombre. Me gustan, y sobre todo me divierten, por un lado, la sintaxis dislocada; por otro, el uso de la palabra “euforia” y la especie de superioridad que se otorga a esa mujer, de otra época, que sabe ver las cosas como son y baja de la nube al iluso.
    Al hilo de esto me he acordado de dos pequeñas anécdotas. Una de mi abuela que decía que después de casarse, cuando se enfadaba, se iba a la cama sin cenar, pero luego espabiló y no volvió a acostarse en ayunas. La otra un incidente en un bar viendo un partido del Athletic. Llegó una mujer y se sentó al lado de su marido que ya llevaba unos tragos. En seguida le empezó a decir en voz baja, pero no tanto, y tono despectivo: ¡borracho!, estás borracho… , el hombre agachaba la cabeza, avergonzado, y ella seguía, marcando mucho las erres, ¡borracho!, más que borracho...

lunes, 9 de febrero de 2026

Corrientes

    A mediados del siglo pasado mi padre estuvo a punto de emigrar a Venezuela. Se lo oí comentar varias veces, no conozco los detalles. Eran los duros años de la posguerra y América seguía siendo la tierra prometida. Pero ha pasado el tiempo, los vientos soplan distinto, y son otras las corrientes migratorias.
    Hace poco hemos cambiado una habitación. Nos costó deshacernos de los muebles viejos, nadie los quería y al final hubo que pagar para que se los llevaran. Vino un hombre delgado, de mediana edad, con una camioneta vieja y su caja de herramientas para desmontarlos. Algunas partes no cabían en el ascensor y las bajó a pulso por las escaleras, desde un quinto piso. Me contó un poco su vida; marroquí, casado con dos hijos, quince años aquí.
    Una vez vaciada la habitación, había que repintarla. El encargado, peruano, nos propuso venir un domingo. Le acompañaba su mujer, que hizo de ayudante. Empapelaron todo para no manchar, dieron la primera mano, fueron a picar algo y al cabo de hora y media volvieron para dar la segunda. El color que elegimos fue el llamado blanco roto (ni idea de que existía).
    Elegimos un armario blanco y quedamos en que lo traerían el jueves. El miércoles llamaron, que estaban por la zona y que si nos venía bien adelantarlo. Al rato, ya estaban llamando al timbre de abajo. Eran dos, no sé precisar su nacionalidad de origen, uno era de rasgos achinados. Se veía que habían montado muchos armarios como aquel. Verlos trabajar, bien compenetrados, fue todo un espectáculo.
    La cama la tuve que montar yo, me costó lo mío fijar el cabecero a la pared. El resultado final nos ha dejado contentos. Hemos bautizado el nuevo cuarto como “la habitación blanca” y, la verdad, ahora es mucho más luminosa.

viernes, 6 de febrero de 2026

Llorar

    Llorar en público no está bien visto, no sé por qué. Habrá alguna cultura en la que sí, porque llorar no tiene nada de malo. Es, sobre todo, un desahogo. “La necesidad crea la función y la función crea el órgano”, propugnaba Lamarck; se puede deducir que llorar es una necesidad.
    Tiene sus mecanismos. A menudo, es una inofensiva forma de autocompasión; en ocasiones, un lamentable intento de manipulación. Recuerdo con rubor una vez, que me hice el incomprendido con mi madre; me estaba dando vergüenza de mí mismo, consciente de que no estaba siendo justo.
    No creo haber vuelto a hacerlo. Lo de medio fingir, digo; llorar sí que he llorado, pero de pura emoción, no siempre acertando. Quiero decir que las grandes desgracias del mundo no me hacen llorar. Las lamento, estoico, y no sé si hago bien, mal o regular. Somos imperfectos, para llorar y para cualquier cosa. Por ejemplo, no se entiende del todo por qué existe el amor incondicional. Tal vez nos queramos por necesidad, por egoísmo indirecto; queremos para que nos quieran.
    Para llorar no es mala idea hacerlo sin testigos. ¿Quién no ha llorado alguna vez por la noche, antes de dormirse? Pero creces, maduras (un poco) y la vida te da motivos más que suficientes (para llorar), de eso no hay duda. Hay que aprender a hacerlo con naturalidad. Luego está la emoción que te traiciona y, en ciertas ocasiones, se apodera de ti por sorpresa, y está bien que sea así.
    Está una chica, en el autobús, llorando, educada y comedidamente, con la mirada perdida en el paisaje y la amiga le pregunta: “¿Por qué lloras?” Tras inspirar por la nariz, se gira la otra y contesta: “Lloro para sentirme viva”.

martes, 3 de febrero de 2026

La velocidad del tiempo

    Me he pasado la vida con la sensación, tan común, de que el tiempo va cada vez más rápido. En pocas cosas estaremos todos tan de acuerdo como en que una hora era mucho más larga en la infancia. Aquí tengo que hacer una observación: en la infancia no tenía reloj, no medía el tiempo; otros lo medían por mí: mi madre llamándonos a comer, el timbre que señalaba el fin del recreo. El concepto “una hora” no era algo en lo que me pusiera a pensar.
    Esta aparente aceleración del tiempo puede ser fruto, en parte, de nuestro miedo a la muerte: la vemos acercase y nos parece que el tiempo vuela. También puede que sea la mente humana la que va más lenta, con la edad. Pero tiene que haber algo más, cómo, si no, es posible que ya haya pasado medio invierno, que la primavera esté a la vuelta de la esquina; explícamelo, si hace nada todavía era verano.
    Esto es algo más que una sensación, no me extrañaría que fuera también un hecho científico y que el universo no solo se expanda cada vez más rápido sino que la velocidad del tiempo también aumente. Alguien alegará que el reloj atómico que tienen en Ginebra (lo digo a bulto) sigue midiendo el paso del tiempo a la misma exacta velocidad de siempre. Pues no, igual que las estrellas se alejan cada vez más rápido, puede que también las partículas subatómicas se agiten más deprisa, y el segundo que mida ese, o cualquier otro, reloj atómico sea cada vez más breve. Para mí que el tiempo acelera y hay un premio Nobel esperando al científico que lo demuestre.

sábado, 31 de enero de 2026

Bañarse dos veces en el mismo libro

    Aunque leamos para dentro, sin abrir la boca, en la imaginación oímos a alguien declamando, interpretando el texto. Esa voz a veces es la tuya (solipsistas como somos) y otras la de la mismísima persona que ha escrito el libro (y a quien en realidad no has escuchado nunca).
    El lenguaje se desarrolló para pronunciarlo, no para escribirlo. La escritura que se aleja de la forma hablada tendrá sus cosas buenas, pero pierde en humanidad, en naturalidad; pierde emoción. Esa interpretación imaginada de un escrito varía en función del estado anímico y también varía con el tiempo. El tiempo es lo que evita que todo suceda a la vez, dice un personaje de (un tal) Ray Cummings.
    Mañana leeré esto de nuevo y me parecerá distinto. Serán las mismas palabras pero las entenderé de otro modo. Y será por esas dos razones anunciadas, porque mi estado de ánimo será otro y porque yo mismo seré otro (factor tiempo). Por eso no deberíamos decir nunca, “ya he leído ese libro” (o visto tal película); más exacto sería aclarar: “lo leí hace años cuando era otra persona”.
    Un libro es como un gato de Schrödinger testarudo, nunca sabes si te gustará o no la próxima vez que lo leas. El libro será el mismo pero tú habrás cambiado, como cambia todo. En un ser humano el cambio físico, el envejecimiento, es evidente; el psíquico no se ve a primera vista pero es igual de real.
    Hay un corolario: si ya de por sí es dudoso que alguien pueda llegar a conocerse a sí mismo, esta es la confirmación de que de hecho es imposible. Para cuando empiezas a cogerte el pulso, a intuirte, ya no eres así. Sin darte ni cuenta, todo lo sutilmente que quieras, siempre estás cambiando. Eres tú, vale, sí; pero ya eres otro.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ese tipo de chica

    Hace un par de años me enteré de la existencia del término manic pixie dream girl, acuñado hace unos veinte por un crítico de cine (Nathan Rabin) para referirse al personaje de la chica efervescente, alocada, independiente y divertida que enamora irremediablemente al protagonista masculino.“Duende chiflada de ensueño” sería un intento de traducción. Claro que hay que añadir que gran parte del encanto de ese personaje tipo está en realidad en la imaginación del antagonista masculino.
    Curiosamente la primera vez que oí la expresión fue en boca de una chica que encajaba ella misma en el modelo. El término es nuevo (relativamente) pero el concepto antiguo, qué otra cosa sino manic pixie dream girls eran Katharine Hepburn en “La fiera de mi niña” (1938) o Barbara Stanwyck en “Las tres noches de Eva” (1941).
    Fuera del cine las flappers de los años veinte también se pueden considerar un precedente. Con este conocimiento en mente me llevé una sorpresa al encontrar otro anterior, este literario y de finales del siglo XIX, que tal vez sea la primera aparición del estereotipo en la edad moderna. Me refiero a las jeunes filles en fleurs, las muchachas en flor de Marcel Proust en "En busca del tiempo perdido".
    En su fulgurante aparición, el protagonista, y narrador, las ve acercarse por el malecón de Balbec: son cinco o seis, dice, y llegan desenvueltas, con cierta mezcla de encanto, flexibilidad y elegancia física, como bailarinas de vals; una empuja una bicicleta, otras dos portan palos de golf... sin atreverme a mirarlas fijamente, veía asomar un óvalo blanco, unos ojos negros, unos ojos verdes la traslación continua de una belleza fluida, colectiva y móvil... carácter atrevido, frívolo y duro y sigue en tonos parecidos hasta el momento culminante de la escena, cuando al ver a un anciano sentado en una silla plegable la mas alta echó a correr sin titubear y, para júbilo y admiración de sus compañeras, saltó por encima rozando con los pies la gorra marinera del anciano espantado...

domingo, 25 de enero de 2026

Callejón sin salida

    La mentira abriga más que la verdad. En general, digo. La mentira protege, mientras que atenerse a la verdad estricta es como salir de casa en invierno sin abrigo. Por otra parte, bien pensado, en términos absolutos, la verdad no existe (y la realidad, justo, justo). Por lógica, lo contrario, la mentira absoluta, tampoco existiría. La de andar por casa nos hace la vida más fácil, pero cuidado: tan difícil es sostener en el tiempo una verdad (desnuda) como una mentira (desesperada).
    Por uno de esos mecanismos extraños de la memoria he recordado estos días una confidencia que me hizo un amigo hace muchos años. Este amigo estudió una carrera técnica pero no pudo sobrellevar el estrés de la competencia en la empresa privada y acabó dando clases en la enseñanza pública.
    Nunca sacó plaza, cada septiembre le mandaban a un centro distinto. Un año, ya cuarentón, soltero y sin novia, al comienzo de curso, comentando las circunstancias personales de cada uno, la mayoría de sus compañeros casados o con pareja, muchos con hijos; cuando le preguntaron respondió que sí, que estaba casado, con dos niños. ¿Por qué hizo esto?
    Fue un instante de pánico. Nadie le conocía, no podían saber que era un buen tipo, culto, sociable, con sentido del humor. Se le pasó por la cabeza que ser mayor que casi todos ellos y soltero le dejaría al margen, que le convertiría en el raro. Sin pensarlo dos veces, en décimas de segundo, no supo calibrar las repercusiones de ese pequeño adorno en su biografía.
    Según avanzaba el curso iba fabulando nuevos detalles para salir del paso: los partidos de los hijos, las vacaciones en familia. La madeja se embrollaba y en su huida hacia adelante se fue volviendo huraño y encerrándose en sí mismo. La sala de profesores se convirtió para él en la antesala del infierno.
    Y un día me lo contó. Lo hizo con sencillez, necesitaba desahogarse, reconociendo que había sido una estupidez. Pero una vez hecho, ¿cómo salir? Lo lógico hubiera sido decir, cuanto antes, que había sido una broma tonta; o la verdad, que se había ofuscado entre gente que no conocía. Pero ese momento de rectificar ya había pasado, ya no había salida; se había convertido en un farsante.

jueves, 22 de enero de 2026

La explicación

    Más de tres horas dura la película “Espartaco” (1960), tantas veces repuesta en la televisión, algunas de ellas en Semana Santa por ser “una de romanos” aunque no tenga nada que ver con Jesucristo. Ya no me acuerdo de si la he visto entera alguna vez, supongo que sí, pero lo que perdura en mi memoria son distintos fragmentos vistos a lo largo de los años. En algún momento aprendí que detrás de la superproducción de aventuras estaba el mensaje político de opresores y oprimidos.
    Hasta hoy, creía que la película de Stanley Kubrick estaba basada en la novela del escritor (más que novelista) Arthur Koestler del mismo título. Pues bien, estaba equivocado, vaya novedad. La novela de Koestler no se llamaba así, sino “Los gladiadores” (originalmente escrita en alemán, por cierto) y la película no se basaba en esa novela sino en otra titulada, esta sí, “Spartacus” (como se dice en inglés y también en latín) escrita por Howard Fast, un prolífico novelista estadounidense.
    Una coincidencia y una divergencia: Por una parte, ambos, Koestler y Fast, eran de ascendencia judía (al igual que Stanley Kubrick y Kirk Douglas, el actor protagonista) y por otra, Koestler escribió su novela, en 1939, desilusionado del comunismo mientras Fast tuvo que publicar la suya por su cuenta, en 1950, por su condición de comunista represaliado. Para liarlo un poco más, la adaptación para la pantalla, el guion, la hizo Dalton Trumbo (de origen suizo protestante, qué raro), también represaliado pero que, curiosamente, se alejó del enfoque de Fast por su rancio marxismo.
    Cosas del siglo pasado, que fue revuelto como pocos; o, mejor dicho, como todos, porque este de ahora, el siglo XXI, se las trae. Buscando explicaciones para la pertinaz estupidez humana he encontrado esta cita de Arthur Koestler (acabáramos): El cerebro humano consta de una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña) y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos. Harían falta millones de años para que la evolución moral acabara con la brutal trastienda. Esto lo explicaría todo...

lunes, 19 de enero de 2026

Pobres instituciones

    Las instituciones nos choznan. No lo digo yo, es una frase que he escuchado en un sueño; sueño o ensoñación, incluso puede que alucinación. Ha sido uno de esos momentos en que estás pensando, es decir dejando vagar la mente, te vas quedando medio dormido y “ves” y “oyes” cosas que se mezclan con lo que de verdad están captando tus sentidos. Si vuelves a estos, a estar despierto (todo lo despierto que eres capaz), te das cuenta de que estabas soñando.
    Si no vuelves en ti, y acabas durmiéndote del todo, estos medio sueños se hunden en la mente y se ahogan; se pierden, se olvidan; hasta tal punto que no sabrás nunca que los soñaste o los medio soñaste; o solo lo sabrás sin saberlo, porque estos sueños se quedan en algún rincón ignoto de las conexiones neuronales, donde permanecerán hasta que se apague la luz en el cerebro. Es lógico pensar que esa gran masa de sueños, que no afloran nunca a la conciencia, debe de tener alguna influencia en el ser de cada uno.
    En este caso, he vuelto de la duermevela con el sueño todavía flotando en mi mente y me lo he contado a mí mismo para no olvidarlo. Las instituciones nos choznan, ha dicho alguien que estaba a mi derecha pero no he llegado a ver. Choznar..., no existe el verbo; o no existía hasta ahora. Me ha dado la impresión de que lo ha dicho solo para desahogarse; como quien constata algo que es evidente, sabiendo que no tiene remedio, resignado. Las instituciones (¿qué instituciones?) nos choznan. Sonaba a protesta; choznar por jorobar, molestar, complicar la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Éric Rohmer

    Lo digo en negativo: la astrología no es una ciencia, que más dará donde esté Marte en el momento del parto; ahora, como entretenimiento no tiene precio. La astrología asegura horas de diversión, incluso para sus no-adeptos. Aún a sabiendas de que no tiene ningún sentido, y siempre que no se pasen de egocéntricos, soy un admirador secreto de los nacidos bajo el signo de Leo. O más concretamente de aquellos, y más aquellas, que han tenido apariciones estelares en mi vida.
    En eso he pensado viendo la película de Éric Rohmer Le Signe du Lion (El signo de Leo). Se rodó en 1959 pero no fue estrenada hasta 1962. Transcurre en París. Me gusta ver esas imágenes, en blanco y negro, de hace ya 66 años: casas, bulevares, cafés, las riberas del Sena. Me llama la atención que, a pesar de todo, la habitación de una pensión parisina no era muy distinta de la de cualquier otro sitio; todo parece viejo, deslucido, más bien pobre.
    Éric Rohmer fue una de las figuras intelectuales de la Nouvelle Vague y un director peculiar, con una trayectoria al margen de las modas. Contaba sus historias a base de diálogos que querían explicar la vida sin aspavientos. De sus películas se decía que en ellas se veía crecer la hierba; queriendo decir que eran muy lentas y aburridas. No estar de acuerdo me hacía —y me hace— sentir bien.

martes, 13 de enero de 2026

Escasa participación

    Hay cosas que no se te van nunca de la cabeza. No sé si llegan a preocupaciones; bueno, sí que llegan, por eso no se te van. Una de ellas, o la única, la más importante, aquella en la que se resumen todas las demás es la pregunta, la duda, la inquietud de saber qué es lo que haces en el mundo; aparte de consumir recursos que, seguramente, estarían mejor empleados en otra cosa.
    La actividad básica de los humanos es la misma que la de cualquier otro animal: sobrevivir. A partir de ahí, todo es extra, plusvalía. Inciso; hay una empresa pública que en las esquelas que dedica a sus empleados, o antiguos empleados, se refiere a estos como "personas trabajadoras" de dicha empresa (inciso dentro del inciso: las esquelas también son propaganda).
    Vuelvo a la pregunta sin respuesta: qué hago aquí; o, en otra variante, cómo estoy en el mundo. Soy inextricable del torbellino de acontecimientos de mi época. Era una pregunta, ¿lo soy? Más o menos; somos inseparables del contexto, de lo que pasa a nuestro alrededor, de nuestros semejantes y lo que hagan o dejen de hacer (se dice así, semejantes, porque nos asemejamos, incluso los special ones).
    Pero el caso es que casi todos somos personajes secundarios, sin frase; figurantes que no aparecen en el montaje final, que se comen el bocadillo y cobran los cincuenta euros pero no salen en la versión oficial de la película. Puede que sí en la extended version o en el “corte del director”. Otra pregunta; ¿quién es el director?, ¿hay director? (vale, eran dos preguntas).
    Estoy en este mundo pero como si no estuviera, veo la película pero apenas me afecta; me conmuevo por conveniencia. La cruda realidad es que solo me impresionan las cosas que me atañen directamente, las que me quitan el pan de la boca, las que me tocan el corazón.

sábado, 10 de enero de 2026

Asuntos terrenales

    En el siglo XVII un papa —Urbano VIII, for the record— prohibió el uso del tabaco en las iglesias de la diócesis de Sevilla. Digo “uso” porque se refería tanto a fumar como a mascar o aspirar. Había habido quejas. Por otro lado, poco después otro papa —Alejandro VII, for the second record— estableció el monopolio del tabaco en los Estados Pontificios; lo que se puede entender como una aplicación interesada del dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”.
    Me pregunto si es que en Sevilla, o en cualquier otro sitio, algún cura habrá llegado a fumarse un puro mientras daba misa, algo que hoy parece un disparate. Las costumbres cambian. Por ejemplo, es sabido que ha habido muchos curas cazadores, y más chocante es lo que dice Chateaubriand en sus “Memorias de ultratumba” sobre el papa León XII. Cuenta que era un gran trabajador, de costumbres austeras, y que como distracción, recordando su antigua afición a la caza, pegaba algunos tiros de escopeta en los jardines del Vaticano.
    Volviendo al tabaco, tuve un compañero en el colegio que más tarde se hizo cura. Después de pasar tiempo en las misiones —bien por él— le destinaron a una parroquia de aquí cerca. Desde entonces le he visto en el autobús viniendo de San Mamés y un par de veces en un bar junto a su parroquia tomando un café y fumándose un purito. Esto lo he metido como nota de color local.
    En lo que he caído, después de saber lo de la prohibición de Urbano VIII, es en que fumar no, pero beber alcohol no solo está permitido para el cura que da la misa, sino que es obligatorio, ya que el oficiante comulga en las dos especies, pan y vino. Vino que, según mi corta experiencia, suele ser dulce (y posiblemente cabezón).
    Como en la viña del Señor —nunca mejor dicho— hay de todo, seguro que se han dado casos de sacerdotes abstemios que han pedido una dispensa papal para no tener que consumir alcohol en el ejercicio de su ministerio; aunque supongo que ha sido mucho mayor el número de curas aficionados a acompañar las comidas con un vasito de vino.

miércoles, 7 de enero de 2026

Introducción al cierrapuertas

    La puerta del portal de casa no cierra bien. Tenemos instalado ese artilugio que se coloca, mediante un brazo articulado, entre el marco y la misma puerta e incorpora, dentro de una carcasa, el mecanismo que hace que se cierre sola. Este consiste en un muelle o resorte que al abrir la puerta se comprime y al soltarla —una vez que la persona ha entrado o salido— tiende a recuperar su estado original, tira de la puerta y la cierra.
    Este aparato se llama, adivina, cierrapuertas. En realidad, es más complicado. Lleva un aceite hidráulico que se desplaza a merced del resorte. Un par de válvulas controlan el paso del líquido y permiten ajustar la velocidad del movimiento para que la puerta ni se cierre con excesiva fuerza —dando un (desagradable) portazo— ni lo haga con tan poca que acabe apoyada en el marco pero sin cerrarse.
    Una vez bien ajustadas estas válvulas, el pestillo de la puerta, de tipo resbalón, al apoyarse en el marco se retraerá con suavidad y acabará encajando, con el característico clic, en el cerradero, que es la pieza metálica del marco en la que se aloja.
    ¿Se ha entendido algo? Pues, ahora mismo, el cierrapuertas que tenemos instalado en el portal de casa se debe de haber desajustado y la puerta queda vuelta, apoyada en el marco pero abierta. No hace clic.

domingo, 4 de enero de 2026

Chi non ce la fa

    Pronúnciese qui-non-che-la-fá. De primeras, ni idea del significado pero a que suena bien. Es que insisto con la canción de Branduardi, que es también la del mes en este blog. Entiéndase “mes” en un sentido metafórico o figurativo o como una forma de hablar o de hacer una broma inocente (uno intenta explicarse y se equivoca tres veces con la ilusión de haber acertado una cuarta, que no sé).
    Insisto en la canción por una sutileza que deja caer hacia el final y me ha sorprendido para bien. Lo pongo primero en italiano:

    Non è da tutti catturare la vita
    non disprezzate chi non ce la fa.

    En traducción más o menos libre sería:

    No todos pueden capturar la vida
    no menosprecies a quien no llegue a hacerlo.

    “Capturar la vida” vale aquí por interpretarla como pide que se haga Angelo Branduardi: hay que disfrutar de los días porque se pasan rápido. Me gusta esta observación de que no todo el mundo sabe hacerlo (non è da tutti, no es de todos) y parte de la sabiduría de los que alcanzan a conmoverse con la canción de Branduardi reside en no hacer de menos a chi non ce la fa.
    Además de estar de acuerdo, lo que pienso es que no solo no debemos despreciarlos sino que haríamos muy bien en darnos por aludidos y preguntarnos hasta que punto “capturamos la vida” cada uno de nosotros. Como decía Sancho Panza, “no se hizo la miel para la boca del asno” y algo de asnos tenemos todos. El que no se sienta un poco así que tire la primera coz.

jueves, 1 de enero de 2026

Domenica e lunedi - Angelo Branduardi (1994)

    Comienza el año y como decía ayer Txani Rodríguez hay que fracasar desde el principio, para que no se nos acumule luego la tarea. Desconfío de los propósitos de Año Nuevo; en todo caso me valdrían los de diario, si los hubiera. Aprovecho para sugerir una canción que me parece apropiada, una que es al mismo tiempo animosa y melancólica.
    Angelo Branduardi fue un violinista precoz y es un reconocido autor e intérprete de música popular (aunque aquí no ha sido muy conocido). Ya en la madurez compuso este “Domenica e lunedi” con letra adaptada por él mismo y su esposa Luisa Zappa de un poema de Franco Fortini.
    El texto es una llamada a vivir el momento y un recordatorio de la fugacidad de la vida, como se apunta en el mismo título y luego se aclara en la frase repetida de que dopo domenica e lunedi (después del domingo viene, siempre, el lunes). Adaptada al momento: hoy es la fiesta de Año Nuevo y mañana un viernes laborable (ahí lo dejo).
    El arreglo musical, los coros, la ondulante melodía, el mensaje a la vez proactivo y desencantado y, en especial, la dulzura del italiano, todo me gusta.
    Te canto un poco del estribillo:

    Se ne va
    è la vita che se va
    se ne va
    di domani nessuno lo sa.

    (Se va
    es la vida que se va
    se va
    nadie sabe del mañana)