Miércoles 14.
Escribir un poco cada día, sin pretensiones, es un lujo al alcance de cualquiera. También es dar señales de uno mismo, aunque haya que leerlas entre líneas. Hay muchas clases de diarios, en general los dividiría en anodinos y divertidos. A efectos literarios, los anodinos no sirven para nada.
Si en el mundo hay dos tipos de personas, extrovertidas e introvertidas, tengo la sospecha de que los diarios los escriben las últimas.
Jueves 15.
Para ponerse a escribir no hace falta esperar a tener algo que expresar; si fuera así, mi obra completa sería una página en blanco.
Decía Arantxa Urretabizkaia, escritora, que con el paso del tiempo se tiende a centrarlo todo en los primeros veinte años de la vida y que ella se niega, que ella quiere vivir en la fecha que diga el calendario.
Estando de acuerdo, una de las cosas que, inevitablemente, se hacen con la edad es recordar. Recuerdo en el colegio, en las clases de lengua y literatura, los remoquetes que les ponían a algunos escritores.
Remoquete por apodo; la palabra me ha venido de golpe desde la noche de los tiempos. Un día os pasará a vosotros, si no os pasa ya.
Apodos, decía, como el impío don Pío, por Pío Baroja; don Benito el garbancero, por Benito Pérez Galdós o el de las barbas de chivo, por Valle-Inclán. Puede que estos autores no fueran del gusto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Viernes 16.
La vaca literaria, parezco a veces por lo que rumio.
A propósito de Tom Ripley, el personaje cínico y amoral de Patricia Highsmith, la primera adaptación al cine es de 1960, con Alain Delon (le dolía la cara de ser tan guapo). Hace no tanto, 2024, se ha hecho una miniserie, Ripley, en blanco y negro que me atrevo a recomendar. Son muy buenas la fotografía, a base de claroscuros, y la ambientación de edificios, calles e interiores, pura Italia de los años 50.
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