jueves, 30 de octubre de 2025

Vida y literatura

    En el principio fue la realidad, que está ahí pero es incomprensible. Con nuestros cinco sentidos somos capaces de sobrevivir pero estamos mal equipados para entender la existencia. Para nosotros la realidad es una elaboración inestable de la mente que aún no se ha logrado sintetizar en ningún laboratorio.
    Una de las funciones de la literatura, quizá la más importante, es extraer de esa turbia realidad una ficción más o menos presentable que nos sirva para orientarnos. A la vez, la literatura es una enfermedad crónica incruenta que se puede complicar si se le suman otras patologías. Pon literatura y alcoholismo, máximo peligro.
    Los que beben en exceso son alcohólicos; si se trata de un escritor, sufre de dipsomanía. Este aforismo está inspirado por otro, mejor, de Karmelo C. Iribarren: la gente se hace vieja, sin más, los poetas nos alejamos por una calle solitaria hacia el crepúsculo.
    La literatura es también un remedio para el insomnio. No me refiero a leer para coger el sueño. Hoy, por ejemplo (no hoy, hoy; hoy, el día que lo escribí); en ese hoy me he despertado a las cinco de la mañana y en la oscuridad, con las manos entrelazadas bajo la nuca, escucho el sonido de la lluvia en la calle. Como quien oye llover se dice y me parece injusto ese desprecio. Nada que haya hecho el ser humano ha superado a la lluvia, escribió Mary Oliver (insisto).
    No sé si te has dado cuenta de lo que está pasando: estoy contándome una historia. Oigo caer la lluvia y me gusta —los placeres sencillos— y lo estoy escribiendo en mi cabeza, fingiendo una seguridad que no tengo, y me pregunto cómo sería mi vida sin literatura. Qué bobada; cómo va a ser, igual.., parecida.., otra…
    Y entonces se me ocurre lo de la enigmática realidad y el papel de la literatura como aditamento que le ponemos a la vida para hacerla potable. Te puedes beber la vida como viene o te la puedes beber filtrada a través de las palabras, o dicho de otro modo: nada hay más hermoso que la vida, excepto la vida con literatura.

lunes, 27 de octubre de 2025

El blues del autobús

    Dice alguien que meterse en un coche es la forma perfecta de aislarse. Nunca lo había pensado así de claro. Sin embargo, era consciente de la otra cara de esa afirmación: viajar en el transporte público te pone en contacto con el mundo. Salir de casa es ya salir de tu burbuja; aunque otra corriente de pensamiento afirma que nadie sale nunca de su burbuja, que los intercambios físicos y psíquicos, incluso químicos, solo inciden en el ser de cada uno de un modo superficial.
    Viaje de ida y vuelta a la ciudad en autobús. A la ida va medio vacío y aún así, ahí estaba la vida, cociéndose a fuego lento. Delante de mí, una chica lee un libro. ¡Un libro! Uno de tapa dura, no he podido ver la portada. Otro yo más descarado le hubiera dicho: perdona, una pregunta, por curiosidad, ¿qué estás leyendo? No sería otro yo; sería otro a secas.
    Al otro lado del pasillo una madre y, en el lado de la ventana, su hija; una niña de unos tres años que no se está quieta ni un segundo. Se arrodilla en el asiento, se levanta, se gira; no calla. En realidad no dice nada, parlotea, solo se trata de liberar su energía nuclear. Ahora maúlla y por el timbre de voz parece un gato de verdad. Al rato, comienza a repetir, hello, hello, sin parar de moverse mientras su madre, impasible, ejerce de tranquila barrera.
    A la vuelta el autobús va lleno. Ha anochecido y apenas se oyen algunos murmullos. Delante tengo ahora un chaval, de unos quince o dieciséis años, con el móvil a la altura de los ojos, que no para de teclear y pasar pantallas a un ritmo frenético. Otro yo más descarado; es decir otro, no yo; le hubiera dicho: ¿podrías teclear más despacio?, es que no me da tiempo a enterarme de nada.

viernes, 24 de octubre de 2025

Papeles

    ¿Dónde está la libreta en la que apuntaba mis frases? Tengo un problema con los papeles. Los dejo a un lado para cuando me hagan falta y se van formando pilas de folios, recortes, carpetas, impresos, recibos, tiques, notas, cuadernos, alguna que otra libreta y libros; que son más difíciles de extraviar pero no te fíes.
    Con todos ellos se cumple la ley de los objetos inanimados, que en realidad sí que se mueven. Incluso, en este caso, hay un término específico al respecto: traspapelarse. Cualquier papel que decidas conservar se desplazará de su lugar original a otro algo más apartado y seguirá alejándose poco a poco hasta acabar camuflado al fondo de un cajón o en lo alto de una estantería, o escondido en el hueco entre un mueble y la pared.
    Hace tiempo que no utilizo aquella libreta; ahora recurro al móvil. Y dentro del móvil al correo electrónico. Cuando se me ocurre algún aforismo o similar lo guardo en un borrador. Ahora mismo tengo activos cuatro (borradores). Uno para estas frases; otro para ir apuntando títulos de películas, series, libros o autores; en un tercero guardo una clave para operaciones bancarias y el cuarto, y último, contiene un mensaje afectuoso y emotivo que me mandó alguien que ya no sé quién fue exactamente.
    Soy consciente de que estos borradores no son el recipiente idóneo. Ya me pasó una vez que cambié de móvil y al hacer la migración de la cuenta de correo los mensajes enviados y recibidos hicieron la travesía del desierto pero los borradores se perdieron por el camino. Pero asumo el riesgo, sic transit gloria mundi.
    La experiencia me dice que las acumulaciones de papeles corren una suerte parecida. O no hay forma de dar con ellos cuando los necesitas o cuando aparecen han perdido vigencia. La verdad es que nunca debí guardarlos en primer lugar. Lo propio de estos tiempos es ahorrar en papel y aceptar que toda nuestra información está en el aire, circulando entre servidores, y que así seguirá hasta el día del gran apagón; o hasta el fin del mundo en su defecto.

martes, 21 de octubre de 2025

Opiniones, las justas (y3)

    Si me hubieran preguntado, que ya sé que no, habría propuesto otro título distinto a “Mis cambios de opinión” para el libro “Changing My Mind” de Julian Barnes; uno que hubiera evitado la resbaladiza y, a menudo, tóxica palabra (opinión) y también el “mis” que no deja de ser un subrayado egocéntrico que no me cuadra con la personalidad del autor. Lo he pensado un poco y el título que elegiría es “Cambiando de idea”.
  Escrito esto, me he encontrado con que en 2009 Zadie Smith escribió un libro con el mismo título. Se tradujo al español como “Cambiar de idea” (uy, por poco); Aixa de la Cruz, por cierto, publicó, directamente en castellano, otro titulado también “Cambiar de idea” en 2019. Lo gordo es que ambos los había leído pero no me he acordado hasta tropezar con una referencia.
    Conclusiones: todo indica que “Mis cambios de opinión” no es el título más adecuado para la edición en español del libro de Julian Barnes; y, por otra parte, confirmo una vez más, y sin ninguna satisfacción, lo mediocre que es mi memoria.

sábado, 18 de octubre de 2025

Opiniones, las justas (2)

    Esa palabra —que me causa cierto malestar interior— es “opinión”. Si te fijas no está en el título original, que alude a cambios “en la mente” (Changing my mind es una construcción inglesa que no admite una traducción literal). “Opinión” es una palabra que existe tal cual en inglés, opinion; mi duda, mi sospecha, es que si Barnes no la utiliza, si no ha optado por un Changing my opinions, tal vez sea porque las dos oraciones no significan lo mismo.
    Las opiniones son un problema. Opinar es libre y suicida. Las opiniones las carga el diablo. Les tengo manía a las opiniones, no sé si se nota. Por lo general, las consideradas opiniones no pasan de ser simples impresiones, huellas en la arena que se borran con la marea. El concepto se ha banalizado y la palabra ha perdido el decoro.
    No tengo nada en contra de las opiniones, digamos, justas; las de alguien que medita y mide sus palabras antes de hablar, o escribir. Pero en este sálvese quien pueda mediático en el que vivimos son algo muy raro. Lo habitual, lo desmoralizador, es lo contrario, que cualquiera diga lo primero que le pasa por la cabeza y que tantas veces es una barbaridad. Respeto principios y convicciones, pero recelo muy mucho de las opiniones; prefiero hablar de pareceres, reflexiones, pensamientos o puntos de vista.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Opiniones, las justas (1)

    Julián Barnes, decía, o pensaba, durante años para referirme al escritor inglés. Ahora intento pronunciarlo bien, Iulian Barns. Barnes es uno de esos pocos —y espero que selectos— autores que me han acompañado toda la vida, o casi. Me lleva diez años, en enero cumplirá 80, y es como un hermano mayor, aunque él no lo sepa.
    Este año ha publicado un libro con cinco ensayos sobre los temas de su vida: la memoria, las palabras, la política, los libros y el tiempo y la edad. Se me ha hecho raro lo de la política, pero resulta que también en eso me gusta lo que dice. En inglés el título del libro es “Changing My Mind”; 
que en principio, entiendo, se suele traducir como “Cambiando de opinión”, pero que se ha publicado como “Mis cambios de opinión”. Sospecho razones publicitarias en esta traducción, veo un afán de personalizar, de sugerir que se cuentan intimidades del escritor o algo así.
    Ninguno de esos dos posibles títulos me llena. El que menos el segundo, ya que “Mis cambios de opinión” enfatiza, como decía, unos cambios muy concretos, personales, mientras “Cambiando de  opinión” —que tampoco me convence del todo— es más neutro y abarca el fenómeno en general de que uno, cualquiera, pueda, y de hecho deba, variar su forma de ver el mundo a lo largo de los años.
    El problema con estos dos títulos está en una palabra que, supongo, ya has deducido cuál es.

domingo, 12 de octubre de 2025

Identifíquese

    Leo porque se me da bien. Con el tiempo le he cogido gusto, es lo bueno de la perseverancia (funciona en cualquier campo). Se empieza a leer para entretenerse, para soñar con otras vidas, para evadirse de esta; se acaba leyendo para seguir entreteniéndose pero también para aprender y para entender. O sea, para hacer lo contrario de evadirse.
    Los best sellers son libros que se han quedado en la primera fase de la lectura. A la larga, la bonita es la segunda, cuando lees para conocerte mejor y para conocer a los demás. En la adolescencia, la actitud habitual al leer un libro es la de identificarse con el personaje protagonista, o secundario si no hay otra cosa. Lees pensando que todo aquello te podía estar sucediendo a ti. O sabes que no te sucederá en mil años, pero disfrutas imaginándolo.
    En mi caso, ese mecanismo ha funcionado mucho más allá en el tiempo; de una manera instintiva, casi sin darme ni cuenta. Hasta que un día, que no recuerdo cuando fue, me encontré ante la idea de que, según algunas opiniones, leer identificándose con un personaje es un error. Vaya, me estaba gustando la literatura por las razones equivocadas.
    Nota: esto de “por las razones equivocadas” me suena a traducción literal del inglés: for the wrong reasons. Tiene que haber una forma más natural de decirlo en castellano.
    Esta especie de epifanía me dejó preocupado, pero lo he ido superando. Identificarse con el protagonista, o casi más con el autor, me sigue ayudando a disfrutar de un libro. Hay una cita que repite Leila Guerriero en un artículo sobre Madame Bovary, aka (anglicismo innecesario y broma al lector) la señora Bovary. Dice Guerriero que dice Vargas Llosa (en “La orgía perpetua”) que un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona. ¿No implicaría esto algún grado de identificación entre ambos?