lunes, 29 de diciembre de 2025
El frío
No recuerdo que de pequeño —hace tanto tiempo— sintiera frío, así de decir. En casa no había más calefacción que una estufa de gas, butano creo que era. En la escuela también había una estufa, de leña, nada más. Claro que nuestra madre nos abrigaba para ir a la escuela y eso. Una vez quiso comprarnos unos pasamontañas pero nos negamos en redondo, nos daba vergüenza, mira que bobada. No me recuerdo nunca tiritando, ni el frío ni el calor fueron relevantes en mi primera infancia. Lo atribuyo a la vitalidad de los pocos años; o igual es que lo he olvidado, sin más.
Ahora, tenemos calefacción con radiadores y una caldera de gas en el tendedero —ya vieja pero en perfecta forma— que mantiene la casa a 20 grados, como recomiendan, una temperatura estupenda para estar más o menos quieto, con un jersey ligero, haciendo lo que sea, leer, ver una película, teclear esto en el ordenador. Por la noche la apagamos. Es el estado de bienestar… para los privilegiados; eso quería decir, que soy consciente de nuestra suerte y de que cada año el general Invierno se sigue llevando a mucha gente por delante.
viernes, 26 de diciembre de 2025
Pensar, sentir
Para pensar como se debe hay que ser filósofo, como poco. No lo soy y no sé pensar. Pero pienso. ¿Prueba esto que existo? Puede, pero para existir no hace falta pensar, solo hace falta sentir. Siento, luego existo; no me digas que no René. Vivir es sentir; mientras sientas, vivirás. Y sentir, hasta dormido siento.
Según Pessoa, o sus heterónimos, sentir es comprender y pensar es errar. No paro de sentir y no sé si comprendo lo que siento, puede que lo haga en el subconsciente. Pensar, lo que se dice pensar, poco, mal y tarde. Mis decisiones no son meditadas, sino automaduradas, cocidas a fuego lento, intuidas más que razonadas.
Esta es la secuencia: se presenta un problema, lo valoro por encima, lo dejo para otro día; reaparece por sorpresa, lo vuelvo a considerar —sin mucho empeño— lo aparco de nuevo; así va y viene hasta que un día de pronto lo tengo decidido, acierte o me equivoque.
Así pienso, de ese modo anárquico y poco académico, de modo espontáneo, como debían de pensar los neandertales. Me imagino como ellos o como el antepasado que después de pintar un bisonte en Altamira salía de la cueva y mientras se limpiaba las manos en un arroyo a la luz de la luna murmuraba para sí: solo soy un humanoide.
martes, 23 de diciembre de 2025
En qué se parecen
No, Nick Drake no tenía ningún vínculo conocido con Sir Francis Drake. Miguel Delibes sí que fue un gran aficionado a la caza pero su dedicación profesional fue, lo sabes de sobra, la escritura. En 1959 publicó su novela “La hoja roja”. Este título era una metáfora sobre el final de la vida y aludía a la hoja de ese color que venía en los librillos de papel de fumar y avisaba de que solo quedaban otros cinco (librillo, bonita palabra).
Lo de Nick fue la música, pero tuvo una carrera muy corta; murió en 1974 de una sobredosis de antidepresivos, tenía 26 años. En 1969 —hacía 10 años del libro de Delibes— publicó su primer LP con el título “Five Leaves Left”… Sí, es exactamente la misma idea de la novela de Delibes, “quedan cinco hojas”, era el mensaje impreso que avisaba, también en Inglaterra, de que solo quedaban cinco papeles de liar en el paquete. Es de suponer que no conocía para nada el libro de Delibes.
Esa cifra, cinco, coincidió, casualmente, con los años de vida que le quedaban. La desgracia de esa muerte fue, al final, lo que le convirtió en un cantautor de culto (o maldito), aunque no de mi gusto; I’m sorry, Nick. Los libros de Delibes sí que me agradan y entre los que he leído, su última novela, “El hereje”, publicada en 1998, a los 78 años, es el que más me ha gustado.
sábado, 20 de diciembre de 2025
Del cero al infinito (y 2)
Pero bueno, ahí están los puros, ahora también, como siempre (hoy es siempre todavía). A los nuevos-viejos comunistas les gusta vestir de negro, las pancartas gigantes y las banderas rojas. Súmale la frescura de la juventud y que en las fotos aparecen serios de la muerte (hay peligro de que la estética se imponga a la ética, ya ha pasado antes).
Uno se pone al final —o al comienzo— del espectro y se siente bien, no hay nadie más allá. No hay nada menos nada que cero, ni nada más algo que infinito. Como número, si soy cero o infinito soy intocable, soy puro, poseo la verdad absoluta; y tanto el 12 como el 875 son dos flojos pusilánimes. Lo entiendo, lo respeto, tiene su parte admirable, pensemos en los santones y en los mártires; pero cuidado, sin violencia: ninguna forma de violencia, por favor.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Del cero al infinito (1)
Me refiero a la vuelta del comunismo, o con más precisión del marxismo-leninismo, que suena más afilado. Pero es que nunca se ha ido. El comunismo existe antes de que le pusieran nombre. ¿Qué otra cosa sino comunismo (y cristianismo) es decir que todos somos iguales? Entre la desigualdad y la igualdad, me quedo siempre con la segunda (parte de la primera parte). Con la igualdad, que quede claro. Con la igualdad y con la duda de Montaigne (¡qué sé yo!).
Los extremos se tocan, y vuelven siempre; el eterno retorno, porque cada generación tiene todo el derecho a descubrir el mundo y llegado el momento nos gusta ser los mejores; sea de derechas o de izquierdas (para entendernos). En términos matemáticos sería como optar por el cero o el infinito. Eso es ser puro, cero o infinito.
domingo, 14 de diciembre de 2025
Miranda (y 2)
El club era una sociedad deportiva con pistas de tenis, frontones, cancha de baloncesto y el edificio social donde estaba el salón, engalanado para la fiesta, y donde me presentó a sus amigos, chicas y chicos, todos altos, guapos, atildados y comedidos. Se oía una música suave de fondo, en un lateral había una mesa con bandejas de comida y bebida; al fondo un tinglado de micros, cables, e instrumentos preparados para el baile. Un par de lo que parecían madres ayudaban con el catering mientras supervisaban todo discretamente. En resumen, una auténtica antifiesta.
Intercambié comentarios sobre el curso recién acabado y las próximas vacaciones, bailé patosamente cuando tocó y Miranda me dedicó su atención a intervalos bien medidos con su habitual saber estar. El curso siguiente Miranda lo iba a pasar en Estados Unidos con una beca; para la que era imprescindible, por cierto, el título de inglés de la escuela de idiomas. Antes de que dieran las doce me acompañó de vuelta a la estación y en el último momento se despidió con un beso en la mejilla y su mejor sonrisa. Esa fue la última vez que vi a Miranda.
jueves, 11 de diciembre de 2025
Miranda (1)
Era una chica desenvuelta, de rasgos delicados, ojos oscuros, media melena de pelo negro, ropa juvenil con un toque clásico, maquillaje mínimo y un sutil aroma a perfume. El cuarto día se retrasó y a la salida me reconvino, con un mohín amistoso, por no haberle guardado el sitio. No sé qué cara pude poner; de sorpresa, de decir, ah, así que estamos juntos en esto. En lo sucesivo le reservé la silla con celo de perro guardián.
Así nos fuimos conociendo sin intimar demasiado. Estudiaba Empresariales y por los detalles que se iban deslizando, entre ellos un apellido compuesto, deduje que era de familia bien. La imaginaba recibiendo clases de equitación y cosas así, aunque nunca dijo nada de caballos. A veces, Miranda no podía venir, por lo que fuera, y luego me pedía los apuntes. Antes del examen final, quedamos un par de tardes para repasar ejercicios y el alfabeto fonético que nos traía de cabeza.
Me contó que hacían una fiesta fin de curso “en el club” y me invitó a acompañarla; en parte, supuse, como agradecimiento a los servicios prestados. Con todas las dudas del mundo —qué club era aquel, como debía ir vestido, qué gente me encontraría— le dije que sí, que por supuesto; no podía rechazar una invitación de Miranda.
lunes, 8 de diciembre de 2025
La edad de madame Bovary
Pero Emma Rouault (su apellido de soltera) nació, en la ficción, en pleno siglo XIX y entonces todo era completamente distinto en cuestiones de género (por mucho que nos quede todavía por cambiar). En la novela no se especifica nada en cuestion de edades y fechas, pero se puede deducir que madame Bovary murió en la veintena, es decir, muy joven.
Cuando se casó con Charles Bovary, que le sacaba bastantes años, no pasaba de los diecisiete o dieciocho y toda su peripecia matrimonial y adúltera no duraría más de ocho, nueve o, como mucho, diez años. Se puede decir que murió en la plenitud de su belleza, salvando que tuvo una hija, Berthe, de cuyo parto y embarazo no se dice casi nada y a la que no hizo mucho caso.
En la novela se mencionan varias veces la finura de su talle, la blancura de su tez, la profundidad de sus ojos oscuros y el esplendor de su cabello. También se cita, lo admito, su inteligencia y su virtuosismo al piano (que pierde por falta de práctica); pero vamos, que el valor casi único de una mujer entonces era su belleza y si no hubiera sido por eso Emma no hubiera tenido amantes. Sobre todo en lo referente al primero, Rodolphe; aún el segundo, Léon, aparece envuelto en cierta aura intelectual.
Hay una escena curiosa que incide en esa parte física de su atractivo; es cuando Justin, el asistente del boticario, queda deslumbrado al ver como, al soltarse el pelo, la melena de ondas negras de la señora Bovary le llega hasta las pantorrillas.
viernes, 5 de diciembre de 2025
Cita de Žižek
Decía uno, en broma, que casi todas son de Churchill o de Oscar Wilde. Esta otra que traigo no es de ninguno de los dos, sino de un filósofo loco esloveno, Slavoj Žižek (se escribe así, lo siento). Lo de loco lo digo con cariño y un poco también por venganza. Esta es la cita: La humanidad está bien, pero el 99 por ciento de las personas son idiotas. Me ha hecho gracia. Me he sentido identificado; en dos sentidos, el de que el mundo está, en efecto, lleno de botarates y el de que, teniendo en cuenta el porcentaje, sin duda yo mismo soy uno de ellos.
No puedo hablar por otros, pero tengo claro que en mi paso por este mundo me estoy enterando de poco, no sé tú. Además, este hecho, que haya tanto inconsciente, explicaría muchas cosas. Matiz: parece que la frase completa era, ...el 99 por ciento de las personas son idiotas aburridas (Aquí otro inciso, dice aburridas pero a mí me suena mejor idiotas aburridos). Ahí ya le diría al loco esloveno: idiota, puede; pero aburrido, ¿por qué? Con ese añadido la frase cobra un sesgo despectivo que no nos merecemos, Slavoj, te has pasado.
La primera parte de la cita es estupenda en sí, la humanidad está bien; tranquiliza, no estamos aquí por nada, un ser humano no está mal, aunque sea un poco idiota. Por otro lado, me hubiera caído mejor (no es que me caiga mal) el filósofo loco si hubiera dicho somos idiotas en lugar de son, un poco de humildad; pero supongo que él se considera parte de ese uno por ciento restante y brillante, y seguramente lo es.
martes, 2 de diciembre de 2025
El fin del mundo y el alcohol de romero
Tampoco aludo al otro mundo que nos prometen las religiones. Hablo en plural de religiones sin saber, como casi siempre. La gran baza de (casi) todas ellas es asegurarnos que somos eternos, promesa reconfortante donde las haya.
Un posible fin de este mundo consiste en una evolución del presente que, bien pensado, no terminaría nunca; con lo que se trataría de un fin infinito (oxímoron, cómo me gustan). La idea es que el universo se expande y no dejará nunca de hacerlo. Las galaxias y las estrellas se irán alejando más y más unas de otras. Same story con planetas, satélites y todo lo demás. Llegará un momento en que este pobre mundo nuestro consistirá en partículas elementales indivisibles separadas entre sí eones de años luz. O igual no, quién sabe.
Esto podría ser una metáfora de la vida (todo es metáfora de la vida porque todo es vida). Al igual que los astros se alejan unos de otros, un ser humano se separa primero de su madre, en el momento del parto, y luego, paulatinamente, de su lugar de nacimiento, de su infancia, de familiares y amigos, hasta llegar a la muerte completamente solo; aunque también hay quien opina que ya estaba solo desde el principio.
Pero seamos optimistas, incluso en la mayor de las soledades hay vínculos entre nosotros. Mi madre murió hace siete años, alejándose de mí para siempre, me temo, pero dejó rastros que me siguen uniendo a ella. Por ejemplo, el olor del alcohol de romero con el que humedecía el pañuelo que, cuando me constipaba, me anudaba al cuello.
sábado, 29 de noviembre de 2025
Diversas índoles
Son muchos los modos de estar en el mundo; en un arrebato diría que infinitos, pensándolo con tranquilidad, hay tantos como seres humanos. Si partimos de una visión general de las cosas, la vamos ajustando a nuestro caso, la apuramos al máximo, la estiramos, la hervimos y la pasamos por el alambique personal de cada uno obtendremos nuestra manera única, exclusiva de ser y estar.
En una película dice un personaje que le gusta leer y otro le contesta algo así, Aha, así que te gustan las palabras puestas en fila, una detrás de otra. A mí me gustan desordenadas, varias a la vez en un cierto caos. Eso dice y tal vez se trate de otro tipo de dislexia, pero no tiene por qué ser algo negativo, un defecto o una disfunción; igual es la forma ideal de ver las cosas. Si la dislexia es un trastorno, no ser disléxico puede ser otro.
Siempre he estado por el orden, los números que cuadran y la palabra pertinente, pero comprendo que hay otros puntos de partida, y que cada forma de masticar la existencia es solo una entre otras muchas; como la de Mariscal o la del personaje de las palabras desordenadas. La película, por cierto, es “Amor en Oslo”, está llena de colores, luces, sombras y diálogos y transcurre en agosto, en Oslo; en esa ciudad en la que, para decirlo todo, ahora en noviembre debe de hacer un frío que pela.
miércoles, 26 de noviembre de 2025
A.I. all over again
Antes de seguir aclaro que no estoy en contra (estoy a favor) y que no tengo ni idea del tema; solo sensaciones, que son justo lo que no tiene ella. La Al (me rindo a las siglas en inglés) solo tiene algoritmos que persiguen imitar a la mente humana (creo). La pega es que detrás hay, precisamente, seres humanos, y lo malo que tenemos los seres humanos es que a partir de los mil millones de dólares (o, peor, euros) nos empiezan a patinar las meninges. Lo digo por ese iluminado que busca la inmortalidad (fiel al ejemplo de Buzz Lightyear). Difícil lo veo.
Lo ideal sería que todo lo generado por esa presunta inteligencia vaya debidamente etiquetado. No va a pasar, por eso mejor estar en guardia. De momento voy a considerar a la AI como un amigo muy listo para algunas cosas y bastante tonto para otras; como a un “tolosabo” que habla de memoria de lo que no entiende. Con ese espíritu, hay que preguntarle cosas —un dato es un dato— y dudar de todo lo demás.
domingo, 23 de noviembre de 2025
Esas llamadas
Mi móvil, mi smartphone, me filtra las llamadas dudosas, “sospechosas de spam”, dice él, y solo me informa, por si acaso —supongo— de que a tal hora he recibido una. Tengo que reconocer que tiene buen ojo. Aún así de vez en cuando se cuela alguna que otra. El otro día cogí una.
Aunque sé que es una pérdida de tiempo, también es un pequeño placer cruel cortarle el rollo al que llama ofreciendo una tarifa privilegiada para lo que sea. Luego me arrepiento porque es solo un mandado. A lo que iba, en esta última que se me ha ocurrido “coger”, la voz que ha salido ha sido una pregrabada diciendo que su curriculum vitae ha sido seleccionado…
He colgado con un poco de rabia. Me ha sentado mal, me ha indignado. Me he sentido engañado por partida doble, Por una parte, por el burdo intento de estafa —no he enviado mi curriculum vitae a ningún lado— y por otra porque el estafador (o estafadora) ni siquiera estaba pagando sueldos de miseria a trabajadores de un centro de llamadas, sino que se servía de algún programa de ordenador que llama incansable a números al azar . Vamos que allí estaba yo queriendo ser más listo que nadie y resultando más tonto. Pero bueno, ¿no somos todos tontos?
Nota: tenía que escribir esa pregunta final, ¡siete oes!
jueves, 20 de noviembre de 2025
El sexo, la guerra y Woody Allen
Dicho esto y después de dar las gracias a la RAE, nos podemos preguntar por qué esa obsesión de relacionar sexo y obscenidad y esa otra de lamentar los males de la guerra pero aceptar su existencia como inevitable e incluso necesaria. La sombra de la religión sigue siendo alargada. La doctrina dice que fuera del matrimonio, y según como también dentro, el sexo es obsceno, además de pecado.
Woody Allen a la pregunta de si el sexo es sucio, respondía que sí, cuando se hace bien. Ese aspecto lúdico es importante. En la película “Love and Death”, “Amor y muerte”, una parodia-homenaje de “Guerra y paz”, Diane Keaton le decía a Woody que el sexo sin amor es una experiencia vacía; y él respondía que sí, pero que como experiencia vacía es una de las mejores.
En cuanto a la guerra su personaje en "Annie Hall" había sido declarado apto únicamente para ser rehén. ¿Es la guerra obscena? Pues sí, además de otras muchas cosas. ¿Y el sexo, es obsceno? No, en principio. La diferencia entre el sexo y la guerra es que mientras en el sexo la práctica es mejor que la teoría, en la guerra lo recomendable es quedarse en el plano teórico y evitar a toda costa el práctico. Resumiendo: el sexo es necesario, la guerra no.
lunes, 17 de noviembre de 2025
Desde este lado del tiempo
La vida es un viaje donde se entra por una esquina del tiempo y, después de un intervalo de duración desconocida, se sale por otra. Con veinte años se está en ese lado y con los míos en este otro. Ya que estoy aquí, me animo a comentar algo. Son impresiones subjetivas que, vistas ahora, puede que sean, para mi sorpresa, también objetivas.
La impresión, por ejemplo, de que es bueno tomar decisiones y tener un plan y unas metas; pero muchas veces, pongas o no algo de tu parte, las cosas pasan, sin más. O la impresión de que con veinte años, o con dieciocho, un ser humano normal, o anormal, da igual, ansía un amor. Es así, no sé por qué. No sé qué es el amor, ni siquiera sé si existe o es un invento cultural; lo que sí sé es que lo ansiamos. Un amor con su incendio y su convivencia, con su pasión y su compromiso.
Bien, desde este lado del tiempo te lo digo; si no ha llegado, llegará. Vivirás una historia de amor, la que sueñas u otra perfectamente homologable. Tarde o temprano el amor llegará... y pasará. Pasará porque todo pasa, no por otra cosa. Y si hay varias historias, habrá una que será “la historia”.
Y otra impresión, la última por hoy, que me atañe más bien a mí. La impresión de que según se va uno adentrando en este lado del tiempo se tiene esa idea recurrente de pensar qué hubieras hecho entonces sabiendo lo que sabes ahora. Y cada vez lo veo más claro, hubiera hecho lo mismo, o parecido, porque saber, saber, no sabemos nada, o a lo sumo, como se dice, sabemos a tocino cuando nos untan. Dicho en primera persona, sé a tocino cuando me untan; porque se dice así, sé.
viernes, 14 de noviembre de 2025
Instantáneas (2)
Recuerdo que veíamos películas de Charlot en el cine y en una escena donde ardía una casa una voz en off decía que se me quema la casa, que se me casa la quema.
Recuerdo en la iglesia a los hombres a la izquierda y las mujeres a la derecha.
Recuerdo que cuando desmontaron los autos de choque encontré una moneda en el suelo.
Recuerdo que teníamos un disco con un cuento de Navidad que nos daba miedo.
Recuerdo la trampilla para bajar al sótano en casa de mis abuelos.
Recuerdo que no me importaba que me llamaran cuatro-ojos ni que me cantasen Javi, javoneta, toca la trompeta.
Recuerdo que en la primera comunión renunciamos a Satanás.
Recuerdo a mi tío en Nochevieja disfrazado de mujer.
Recuerdo el parche que me pusieron porque tenía un ojo vago.
Recuerdo cuando hicieron la acera delante de nuestra casa.
Recuerdo que al ir a la cama nos dejaban la luz del pasillo encendida.
Recuerdo que en fiestas salíamos al balcón para ver los fuegos artificiales.
Recuerdo que no quise ver a mi abuela muerta en su velatorio.
Recuerdo la caseta de tiro al blanco donde había que partir un palillo disparando una chimbera.
Recuerdo que nos montábamos en el burro en casa del tío Tomás.
Recuerdo que los domingos después de comer rezábamos el rosario y luego veíamos una serie de vaqueros en la televisión.
Recuerdo que vino a la escuela un chico nuevo que era de Villadiego.
Recuerdo a mi padre, en navidades, sentado en el suelo de la cocina, rodeado de niños, contándonos una historia inventada.
martes, 11 de noviembre de 2025
Instantáneas (1)
Recuerdo que aprendí a pedalear en una bici destartalada.
Recuerdo la estrada que subía hacia la iglesia entre muros de piedra.
Recuerdo estar debajo de la mesa de costura en casa de mi amigo Josi.
Recuerdo que mi abuelo me enseñó a coger bien el lápiz.
Recuerdo que con cinco años llamé macaco al maestro y me echó de clase.
Recuerdo a mi hermana y mis primas con trenzas y falda escocesa.
Recuerdo que en una pensión de Logroño, de vacaciones, nos ponían tortilla de patatas para cenar.
Recuerdo que aprendíamos el catecismo de memoria.
Recuerdo que jugábamos a primis en el frontón.
Recuerdo que donde la tía Mari cambié un conejo a la jaula de otro y luego apareció muerto.
Recuerdo que por la tarde en la escuela cantábamos el "Cara al sol".
Recuerdo que mi abuela vino a cuidarnos cuando mi madre se puso de parto.
Recuerdo que los sábados oíamos un programa infantil en la radio.
Recuerdo una vez con mi primo Iñaki comiendo unas uvas ácidas que daban escalofríos.
Recuerdo que el maestro nos mandaba a por leña para la estufa.
Recuerdo que llegó una carta y luego mi madre habló medio llorando con mi tía.
Recuerdo que una vez nos arrodillamos en la calle al oír la campanilla y ver pasar de lejos a un cura y un monaguillo.
Recuerdo que mi banqueta de la cocina era la roja.
Recuerdo que en la comunión de mi prima Mariajesús bebí vino y me pusieron en una cama a dormir.
Recuerdo la imitación de Cantinflas en una función de la catequesis.
Recuerdo que cuando pasaba un avión a reacción decíamos que era el de los Reyes Magos y la estela que dejaba era donde llevaba los juguetes.
sábado, 8 de noviembre de 2025
Introducción
Unos años después Georges Perec publicó su “Je me souviens”, donde reconocía que se inspiraba en el libro de Brainard. Aunque Google traduce esa expresión francesa como “recuerdo”, en la traducción literaria de Yolanda Morató aparece, otra vez, como “Me acuerdo”; tal vez por seguir el precedente del “I remember”.
Curiosamente, décadas más tarde, Nora Ephron tituló “No me acuerdo de nada” un libro suyo de ensayos. La verdad es que me identifico más con este título que con el otro.
Volviendo a los “Me acuerdo”s, la idea era la de confeccionar una lista en la que cada recuerdo se rememora en un texto breve, a poder ser condensado en una sola frase. Memoria fragmentada, ha dicho alguien. Ah, y cada frase comienza por ese “me acuerdo”.
Pero para mí que recordar y acordarse son lo mismo y no lo son. Recordar tiene un matiz de voluntariedad, me pongo a ello y recuerdo; mientras que acordarse lo tiene de involuntariedad, de pronto, por asociación de ideas o porque sí, me acuerdo de algo. Por eso, si tengo que escribir mi lista de fragmentos biográficos optaría por “recuerdo” en lugar de “me acuerdo”.
Si tengo que… no tengo ninguna obligación, por supuesto; pero esa forma de contar me viene bien porque mis recuerdos suelen ser así, flashes de la memoria, instantáneas sin contexto. Como estos...
miércoles, 5 de noviembre de 2025
Futura publicación
Envié el documento a una editorial pequeña, pensando que así me harían más caso. No me contestaron en ningún sentido; supongo que es lo normal, es tan fácil mandar un correo electrónico... No por ello pierdo la esperanza de publicar algo en el futuro, claro que no.
Probablemente, especulo, será a título póstumo; con la ventaja de que no tendré que hacer nada, serán otros los que “me descubran” y no podrán hacerme ir a ninguna feria del libro a esperar sentado, con cara de circunstancias, a que aparezca algún interesado mientras en la caseta de al lado el autor del momento firma ejemplares hasta hacerse sangre en la mano. La pena será que tampoco estaré allí para sostener el libro en mis manos, sopesarlo, aspirar su olor, abrirlo al azar y leer unas líneas.
Doy por supuesto que no será un éxito; será solo —y nada menos que— una pequeña joya para amantes de la literatura. Como veis me conformo con poco. En cuando al género, creo que podría considerarse un dietario, porque en un dietario entra todo y, además, hay un libro de Vila-Matas que me gustó mucho y que se titula, precisamente, “Dietario voluble”.
domingo, 2 de noviembre de 2025
Zapatos nuevos
Tengo que aflojar bien los cordones para hacer sitio a la hora de meter el empeine, luego sujeto la lengüeta con los dedos, introduzco el pie en el zapato, con cuidado de no enganchar el calcetín en la lengüeta, tenso de nuevo los cordones y finalmente los ato (de esa forma que conocen mejor mis dedos que mi cerebro). A esto hay que sumar la operación, más fácil, de descalzarse.
Desde el punto de vista de la organización del trabajo (del trabajo de vivir) estos zapatos no son demasiado eficientes. Mira que había otros, en la zapatería, con cierre de velcro. Estuve tentado de probármelos pero al final su estética no me convenció.
La cuenta que hago, que hace mi espíritu de ingeniero de organización, es el tiempo que me va a llevar calzarme y descalzarme estos zapatos nuevos y buenos que utilizaré a diario. Tiempo que hay que añadir al que ya empleaba en todas esas tareas cotidianas, rutinarias y necesarias: cepillarse los dientes, ducharse, vestirse, desvestirse, ir al baño, comer, dormir y, si te pones quisquilloso, en trabajar, cuando el trabajo es una aburrida repetición.
Todo ese tiempo hay que restarlo de la edad de cada uno para obtener el tiempo de vida neto. Comparándolo con lo que hagamos de fundamento en la vida nos dará nuestro grado de eficiencia vital. Un dato que, por suerte, nunca sabremos.
jueves, 30 de octubre de 2025
Vida y literatura
Una de las funciones de la literatura, quizá la más importante, es extraer de esa turbia realidad una ficción más o menos presentable que nos sirva para orientarnos. A la vez, la literatura es una enfermedad crónica incruenta que se puede complicar si se le suman otras patologías. Pon literatura y alcoholismo, máximo peligro.
Los que beben en exceso son alcohólicos; si se trata de un escritor, sufre de dipsomanía. Este aforismo está inspirado por otro, mejor, de Karmelo C. Iribarren: la gente se hace vieja, sin más, los poetas nos alejamos por una calle solitaria hacia el crepúsculo.
La literatura es también un remedio para el insomnio. No me refiero a leer para coger el sueño. Hoy, por ejemplo (no hoy, hoy; hoy, el día que lo escribí); en ese hoy me he despertado a las cinco de la mañana y en la oscuridad, con las manos entrelazadas bajo la nuca, escucho el sonido de la lluvia en la calle. Como quien oye llover se dice y me parece injusto ese desprecio. Nada que haya hecho el ser humano ha superado a la lluvia, escribió Mary Oliver (insisto).
No sé si te has dado cuenta de lo que está pasando: estoy contándome una historia. Oigo caer la lluvia y me gusta —los placeres sencillos— y lo estoy escribiendo en mi cabeza, fingiendo una seguridad que no tengo, y me pregunto cómo sería mi vida sin literatura. Qué bobada; cómo va a ser, igual.., parecida.., otra…
Y entonces se me ocurre lo de la enigmática realidad y el papel de la literatura como aditamento que le ponemos a la vida para hacerla potable. Te puedes beber la vida como viene o te la puedes beber filtrada a través de las palabras, o dicho de otro modo: nada hay más hermoso que la vida, excepto la vida con literatura.
lunes, 27 de octubre de 2025
El blues del autobús
Viaje de ida y vuelta a la ciudad en autobús. A la ida va medio vacío y aún así, ahí estaba la vida, cociéndose a fuego lento. Delante de mí, una chica lee un libro. ¡Un libro! Uno de tapa dura, no he podido ver la portada. Otro yo más descarado le hubiera dicho: perdona, una pregunta, por curiosidad, ¿qué estás leyendo? No sería otro yo; sería otro a secas.
Al otro lado del pasillo una madre y, en el lado de la ventana, su hija; una niña de unos tres años que no se está quieta ni un segundo. Se arrodilla en el asiento, se levanta, se gira; no calla. En realidad no dice nada, parlotea, solo se trata de liberar su energía nuclear. Ahora maúlla y por el timbre de voz parece un gato de verdad. Al rato, comienza a repetir, hello, hello, sin parar de moverse mientras su madre, impasible, ejerce de tranquila barrera.
A la vuelta el autobús va lleno. Ha anochecido y apenas se oyen algunos murmullos. Delante tengo ahora un chaval, de unos quince o dieciséis años, con el móvil a la altura de los ojos, que no para de teclear y pasar pantallas a un ritmo frenético. Otro yo más descarado; es decir otro, no yo; le hubiera dicho: ¿podrías teclear más despacio?, es que no me da tiempo a enterarme de nada.
viernes, 24 de octubre de 2025
Papeles
Con todos ellos se cumple la ley de los objetos inanimados, que en realidad sí que se mueven. Incluso, en este caso, hay un término específico al respecto: traspapelarse. Cualquier papel que decidas conservar se desplazará de su lugar original a otro algo más apartado y seguirá alejándose poco a poco hasta acabar camuflado al fondo de un cajón o en lo alto de una estantería, o escondido en el hueco entre un mueble y la pared.
Hace tiempo que no utilizo aquella libreta; ahora recurro al móvil. Y dentro del móvil al correo electrónico. Cuando se me ocurre algún aforismo o similar lo guardo en un borrador. Ahora mismo tengo activos cuatro (borradores). Uno para estas frases; otro para ir apuntando títulos de películas, series, libros o autores; en un tercero guardo una clave para operaciones bancarias y el cuarto, y último, contiene un mensaje afectuoso y emotivo que me mandó alguien que ya no sé quién fue exactamente.
Soy consciente de que estos borradores no son el recipiente idóneo. Ya me pasó una vez que cambié de móvil y al hacer la migración de la cuenta de correo los mensajes enviados y recibidos hicieron la travesía del desierto pero los borradores se perdieron por el camino. Pero asumo el riesgo, sic transit gloria mundi.
La experiencia me dice que las acumulaciones de papeles corren una suerte parecida. O no hay forma de dar con ellos cuando los necesitas o cuando aparecen han perdido vigencia. La verdad es que nunca debí guardarlos en primer lugar. Lo propio de estos tiempos es ahorrar en papel y aceptar que toda nuestra información está en el aire, circulando entre servidores, y que así seguirá hasta el día del gran apagón; o hasta el fin del mundo en su defecto.
martes, 21 de octubre de 2025
Opiniones, las justas (y3)
Escrito esto, me he encontrado con que en 2009 Zadie Smith escribió un libro con el mismo título. Se tradujo al español como “Cambiar de idea” (uy, por poco); Aixa de la Cruz, por cierto, publicó, directamente en castellano, otro titulado también “Cambiar de idea” en 2019. Lo gordo es que ambos los había leído pero no me he acordado hasta tropezar con una referencia.
Conclusiones: todo indica que “Mis cambios de opinión” no es el título más adecuado para la edición en español del libro de Julian Barnes; y, por otra parte, confirmo una vez más, y sin ninguna satisfacción, lo mediocre que es mi memoria.
sábado, 18 de octubre de 2025
Opiniones, las justas (2)
Las opiniones son un problema. Opinar es libre y suicida. Las opiniones las carga el diablo. Les tengo manía a las opiniones, no sé si se nota. Por lo general, las consideradas opiniones no pasan de ser simples impresiones, huellas en la arena que se borran con la marea. El concepto se ha banalizado y la palabra ha perdido el decoro.
No tengo nada en contra de las opiniones, digamos, justas; las de alguien que medita y mide sus palabras antes de hablar, o escribir. Pero en este sálvese quien pueda mediático en el que vivimos son algo muy raro. Lo habitual, lo desmoralizador, es lo contrario, que cualquiera diga lo primero que le pasa por la cabeza y que tantas veces es una barbaridad. Respeto principios y convicciones, pero recelo muy mucho de las opiniones; prefiero hablar de pareceres, reflexiones, pensamientos o puntos de vista.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Opiniones, las justas (1)
Este año ha publicado un libro con cinco ensayos sobre los temas de su vida: la memoria, las palabras, la política, los libros y el tiempo y la edad. Se me ha hecho raro lo de la política, pero resulta que también en eso me gusta lo que dice. En inglés el título del libro es “Changing My Mind”; que en principio, entiendo, se suele traducir como “Cambiando de opinión”, pero que se ha publicado como “Mis cambios de opinión”. Sospecho razones publicitarias en esta traducción, veo un afán de personalizar, de sugerir que se cuentan intimidades del escritor o algo así.
domingo, 12 de octubre de 2025
Identifíquese
Los best sellers son libros que se han quedado en la primera fase de la lectura. A la larga, la bonita es la segunda, cuando lees para conocerte mejor y para conocer a los demás. En la adolescencia, la actitud habitual al leer un libro es la de identificarse con el personaje protagonista, o secundario si no hay otra cosa. Lees pensando que todo aquello te podía estar sucediendo a ti. O sabes que no te sucederá en mil años, pero disfrutas imaginándolo.
En mi caso, ese mecanismo ha funcionado mucho más allá en el tiempo; de una manera instintiva, casi sin darme ni cuenta. Hasta que un día, que no recuerdo cuando fue, me encontré ante la idea de que, según algunas opiniones, leer identificándose con un personaje es un error. Vaya, me estaba gustando la literatura por las razones equivocadas.
Nota: esto de “por las razones equivocadas” me suena a traducción literal del inglés: for the wrong reasons. Tiene que haber una forma más natural de decirlo en castellano.
Esta especie de epifanía me dejó preocupado, pero lo he ido superando. Identificarse con el protagonista, o casi más con el autor, me sigue ayudando a disfrutar de un libro. Hay una cita que repite Leila Guerriero en un artículo sobre Madame Bovary, aka (anglicismo innecesario y broma al lector) la señora Bovary. Dice Guerriero que dice Vargas Llosa (en “La orgía perpetua”) que un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona. ¿No implicaría esto algún grado de identificación entre ambos?
jueves, 9 de octubre de 2025
Esta mañana temprano
Como no espabilo, saqué unas fotos con el móvil, pero lo cierto es que el resultado no fue satisfactorio. El cielo está muy bonito, oí que decía una vecina. Eso me hizo pensar que hay gente que no lo aprecia, que es bastante indiferente a estas cosas y la verdad es que no me atrevo a censurarlo.
Hoy me he levantado a las seis y cuarto, y después de desayunar —lo primero es lo primero— he salido a ver qué temperatura hacía. Se veían bastantes estrellas. Aquí la tentación es escribir que el cielo estaba cuajado de ellas, o algo así; pero quiero ser riguroso. Aún era de noche y de la Luna ni rastro. Tampoco estaba viendo todo el cielo, digamos que una cuarta parte. Sé poco del tema pero sí que los dos o tres puntos más brillantes suelen ser en realidad planetas; Marte, Venus o Júpiter.
Hasta aquí, bastante bien; me levanto pronto, bien por mí, y veo el cielo estrellado en el silencio de la noche. Pero tengo que añadir que lo he visto a través de los cristales de mis gafas. No tengo buena vista, la tengo regular tirando a mala. Y he sentido envidia, o más bien impotencia. Ahí estaban las estrellas y veía algunas pero qué no vería alguien con buena vista; yo solo atisbaba, mientras me ajustaba las gafas sobre la nariz, un puñado de astros luminosos.
Hacía frío, veía estrellas, ¿qué hacer con ello? Nada, pensar que somos pequeñitos, que igual la vida de verdad está en el fuego de las estrellas y nosotros solo somos unos seres lentos y fríos que lo vemos de muy lejos sin entender nada.
lunes, 6 de octubre de 2025
Llámame Emma
Sobre los clásicos. Es habitual ponerse en guardia ante ellos; vaya rollo, qué me importa algo escrito hace siglos. Y a veces será así, pero luego resulta que vas leyendo alguno que otro y te das cuenta de que si un libro gusta a todos todo el tiempo, no puede ser por casualidad.
Antes de lanzarse a ello, hay que tener en cuenta la traducción. Con estos clásicos es especialmente importante. Una traducción antigua puede ser mortal de necesidad. Por suerte ahora, con Internet, es fácil indagar y en el caso de Madame Bovary me he enterado de que la primera traducción es de finales del XIX y el que la perpetró le adjudicó el título de “¡Adúltera!”, signos de exclamación incluidos. Sin comentarios. Después ha habido bastantes más y una de las mejores, de 1975, es la de Consuelo Berges.
Pero hay otra, de María Teresa Gallego Urrutia, tan alabada o más que aquella y más reciente en el tiempo (2012). Tiene, además, la audacia de introducir un cambio en el título mismo, que pasa a ser “La señora Bovary”. Es un cambio que tiene toda la lógica del mundo; si estamos traduciendo, traduzcamos. Esta Gallego Urrutia está metida ahora mismo, a cuatro manos con su hija, en la traducción de “En busca del tiempo perdido”. Por cierto que el libro también está traducido, y bien, al euskera.
viernes, 3 de octubre de 2025
Mensaje oculto
Seguramente solo es una broma, un ejemplo de humor británico; hay que amar siempre a los niños, sin duda. Pero, metido en el juego, me ha gustado la frase por la piedad, o la caridad (de repente no sé distinguir entre ambas), que muestra hacia un comportamiento que se condena socialmente.
Diríamos que abre una puerta a la esperanza, que si alguien odia a los niños puede tener sus razones; no sé cuales, un trauma en la infancia, un hartazgo del mundo o haber tropezado con algún que otro niño verdaderamente odioso, que los habrá.
Pero estas serían explicaciones accidentales y la frase sugiere que hay otra intrínseca, connatural; que hay algo en el hecho de odiar a los niños, a todos, que hace imposible la maldad absoluta. Por ejemplo, se me ocurre, esa persona puede poseer una sensibilidad especial y odia a los niños porque le arrastran a la medianía y le impiden ejercer un bien superior.
Otra vez estoy especulando. Al final me quedo con que, aunque no entendamos las razones de ese odio (que no las habrá), también se nos está diciendo que a menudo las cosas no son como parecen y siempre puede haber algo que se nos escape.
martes, 30 de septiembre de 2025
Nueva visita al viejo cementerio
Tienen su aquel las inscripciones que figuran a la entrada. Esas del estilo de donde hoy estoy yo, mañana estarás tú. He hecho un par de intentos de memorizar alguna y más o menos lo he conseguido con esta en particular: Templo de la verdad es el que miras, oye la voz de quien te advierte, que todo es ilusión menos la muerte.
Es la inscripción sobre la puerta del cementerio del pueblo de mi abuela paterna. Ella no está enterrada ahí, pero sí su madre, mi bisabuela. “La abuelita Victoria” le llamábamos, porque llegué a conocerla. Tengo el recuerdo de visitar su tumba cuando tenía cuatro o cinco años. Igual fue el día del entierro. Un montículo alargado de tierra, eso es todo lo que recuerdo. Todo esto, me doy cuenta ahora, ya lo conté hace años.
Anteayer, me metí de nuevo en ese cementerio. Apenas habré estado otro par de veces en toda mi vida, no soy un asiduo. Entré más bien por casualidad, pasaba por allí, y, ya que estaba, busqué la tumba de mi bisabuela, aquel montículo de tierra, vaga pista insuficiente. No la encontré. La parte más antigua, con las tumbas en tierra, es la más descuidada. Muchas de las cruces, oxidadas, no tienen nombre alguno o la placa ovalada ha quedado ilegible con el tiempo. La fecha más remota que encontré fue 1923. Es lo que tiene la muerte, es la primera parada en el viaje hacia el olvido.
sábado, 27 de septiembre de 2025
Programa doble
Recuerdo como si fuera hace cincuenta años cuando vi por primera vez, y me llamaron la atención, los carteles de publicidad pegados en las paredes. Antes, las obras de teatro, las películas, los circos, lo que se terciara se anunciaban por la brava pegando carteles en cualquier espacio; coloridos reclamos que se iban superponiendo unos encima de otros hasta alcanzar un grosor que sin duda ayudaba a reforzar la estabilidad de los edificios. Ya no se hace; hemos ganado en pulcritud y perdido en… no sé, costumbrismo, vida de barrio, espíritu napolitano.
La obra, por lo visto, se sigue representando. Nunca la he visto en teatro y cuando vi la película me agradó, pero no me produjo especial impresión, me pareció una comedia loca de la época del Glam rock, sin más; eso sí, con la participación de la gran Susan Sarandon.
Sin embargo hay un tema musical que se ha quedado conmigo todos estos años: la canción del principio, la que canta la acomodadora, the usherette (aunque la voz es la de Richard O’Brien): “Science Fiction/Double Feature”; un homenaje paródico a los programas dobles de ciencia ficción y terror de serie B de los años cincuenta. Me sigue encantando, sobre todo esos violines in crescendo que anuncian el estribillo y los uh uh uuh de contrapunto. La pongo ahí al lado como canción del mes. Gracias a Brume por su estupendo video.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Robert, Meryl y Karen
Con los actores y actrices como él nunca sé si son buenos o les basta con la fotogenia. A Robert Redford no hubo ni que cambiarle el nombre; el suyo propio ha sido suficiente, con esa letra erre que se repite cuatro veces y el juego de las vocales, o-e en el nombre, e-o en el apellido.
Ahora que ha muerto, todo el mundo, o la mitad femenina, se acuerda de la escena de “Memorias de Africa” en la que le lava el pelo a Meryl Streep. Yo no me acordaba, la he visto ahora y me ha llamado la atención lo guapa que está Meryl y la expresión de felicidad que pone, con los ojos cerrados, cuando Robert le vierte con esmero el agua de una jarra.
En la película Meryl Streep interpreta a Karen Blixen, la autora, bajo el seudónimo de Isak Dinesen, de la novela autobiográfica original. La he leído. Karen Blixen escribe muy bien. Es bonito y hasta emocionante el conocido comienzo: Yo tenía una granja en África al pie de las colinas de Ngong… Lo curioso es que, aunque la historia de amor sucedió en la vida real, en el libro el personaje de Robert Redford solo es un buen amigo; el protagonismo es para la vida en la granja, la misma África y los nativos de la región, los kikuyu.
domingo, 21 de septiembre de 2025
El secreto del mundo
Inciso: ¿de sabios es rectificar? No, rectificar es de honestos. Rectificar no supone, por lo general, encontrar la verdad; solo es un cambio de dirección, es equivocarse de otra manera.
Me había hecho a esa idea de dejar de sentirse (tan) diferente y no he parado de encontrarme con comentarios alusivos. Como este del poeta Gil de Biedma: de joven te interesa lo que te diferencia. Luego cada vez te vas interesando más en lo que tienes de común con los demás. Y luego añade: y te preguntas: ¿por qué escribir? Si lo normal es leer. Esa es buena, ya dijo Borges que estaba más orgulloso de lo leído que de lo escrito.
Por su parte, Vladimir Nabokov en su novela “La dádiva” escribe estas enigmáticas palabras: el todo es igual a la más pequeña parte del todo. Ése es el secreto del mundo. ¡El secreto del mundo!, no lo entiendo pero me sugiere esta interpretación: El todo —todos los seres humanos— es igual a la parte más pequeña —un solo ser humano—. Y a la inversa, un solo ser humano es igual a todos los seres humanos.
Sigo rumiando la idea, uno se cree diferente pero con los años y la observación ves que no eres de otro planeta y que te pasan las mismas cosas que le pasan a todo el mundo. Las vidas se solapan y se suceden y somos —deberíamos ser— como los mosqueteros, uno para todos y todos para uno. En estas, en una película oigo este verso que escribió Walt Whitman en uno de esos momentos de euforia a los que era proclive: soy inmenso, contengo multitudes. Sí, va a ser eso, no podemos ser diferentes porque en cada uno de nosotros está toda la humanidad y ese es el secreto del mundo.
jueves, 18 de septiembre de 2025
La buena letra pequeña
Despacito y con buena letra, dice un refrán que va perdiendo vigencia a medida que abandonamos la escritura manual. Es una pena porque, entre otras cosas, una buena letra también llega a enamorar (del calígrafo) a la gente; o ayuda por lo menos.
Luego tenemos la letra pequeña. Hay una anécdota de mi infancia en la que salgo favorecido, con humildad lo digo. Es algo que me contó una vez mi madre. Tenía yo siete años y hablando con el maestro, este le dijo que en el examen otros dos alumnos (mi primo y mi mejor amigo) habían respondido todo bien, igual que yo, pero que me había tenido que poner mejor nota porque yo había puesto además lo que venía en la letra pequeña (el libro de texto era la Enciclopedia Álvarez).
lunes, 15 de septiembre de 2025
La invasión de las fotos borradas
Me acuerdo, vagamente, de esas posibles fotos y un pellizco de nostalgia me dice al oído: venga, no pierdes nada, la aplicación es gratis y hasta puede que sea verdad que vayan a aparecer esas fotos misteriosas que dabas por perdidas y que están, supongo, en algún sitio del ciberespacio o de la nube o en un centro de datos del desierto de Mojave.
Así que descargo la aplicación; abrir al terminar, publicidad, saltar anuncio, recuperar imágenes; sí, adelante, que sea lo que dios quiera. Y son exactamente 2543 imágenes. Un tesoro, mi vida, su madre; quiero decir la madre que lo parió. No son las que había perdido sino las que había borrado y todas han vuelto, como zombis, de las entrañas de este mismo móvil; y de ningún otro sitio.
Me paso una buena media hora revisándolas y no encuentro nada que echara de menos. Borro y borro (de nuevo) hasta que me canso. Teníamos ya los residuos radiactivos y los plásticos en el mar, ahora hay que añadir las fotos de móvil que contaminarán la Tierra durante cientos, miles de años.
viernes, 12 de septiembre de 2025
El mundo de ayer
De haber vivido otra década, cosa probable ya que tenía sesenta años cuando murió, Zweig podría haber dejado unas cuantas obras maestras más. Sufría de depresión (una enfermedad muy mala) y ella era asmática; lo que ni justifica el suicidio ni deja de hacerlo.
“El mundo de ayer” son sus memorias y de ellas se deduce la causa de su decisión letal: su mundo había desaparecido. Se puede pensar que ese libro fue un desahogo y al acabarlo pensó que era un buen/mal momento para despedirse de la vida. Lo que no me parece bien es que no convenciera a su mujer, tan joven, de que ella debía seguir viviendo; como cuidadora de su legado, por ejemplo.
Voy a decir ahora una frivolidad: en algunas fotos Zweig, con su bigote y su forma de peinarse, se da un aire a Hitler. Son personajes totalmente opuestos y si Zweig pudo suicidarse como un valiente, todo indica que Hitler lo hizo como un cobarde.
Se me ocurre un posible error que cometió Hitler y que si pasó desapercibido sería porque sus otros errores lo eclipsaron por completo. Me refiero al hecho de no considerar al idioma como el alma del pueblo alemán. Si lo hubiera hecho no le habría quedado más remedio —bromeo— que conceder la Cruz de Hierro a un buen número de escritores judíos en lengua alemana, incluido Stefan Zweig.
martes, 9 de septiembre de 2025
Humilde vanidad
No, no lo era; Bernardo Soares, el narrador, era ayudante de tenedor de libros en Lisboa (y Pessoa, el autor, traductor de correspondencia comercial) y parece evidente que tiene más mérito escribir en sus circunstancias que en las del vizconde Chateaubriand. Sin embargo, vizconde y todo, Chateaubriand tuvo una agitada vida económica, siempre endeudado y peleando con los editores para sacar rendimiento a sus obras literarias. He escrito esto porque tenía pendiente contar esa anécdota y porque en seguida voy a traer otra del propio Chateaubriand sobre la vanidad.
Hay un desajuste de significado con la palabra “vanidoso”. Cuando se lo llamamos a alguien lo que le queremos llamar es “muy vanidoso”. Vanidosos, a secas, somos todos; nadie carece totalmente de vanidad. La vanidad es una parte del amor propio y de la autoestima. Todos somos más o menos vanidosos y lo que hacemos, en general, es fingir que no lo somos. Aunque a menudo nos delatamos. Como cuando decimos: Ya lo sabía, es lo que yo dije.
Chateaubriand le cuenta una vez, en una carta, a Madame Récamier que no se merecía los elogios, a él, que se publicaban en los periódicos: así lo creo sinceramente veintitrés horas de las veinticuatro que tiene el día; la vigésimo cuarta está consagrada a la vanidad, pero no resiste mucho y pasa pronto. En la coletilla le quita toda la contundencia a la frase pero coincido con él. Como objetivo estaría bien; una vanidad sanadora, sin pavoneos, de una hora al día. Esa sería toda una humilde vanidad.
sábado, 6 de septiembre de 2025
Hipermnesia
Hipermnesia es la capacidad de acordarse de todo. Eso en un mundo feliz, en realidad no; solo es acordarse de más cosas de lo habitual, de muchas más pero no de todas. Pero para el gran público (o sea para gente como yo) y para publicarlo en el periódico, hipermnesia es acordarse de todo, todo. Como Funes el memorioso; siempre lo cito, saludos a Borges que no me estará leyendo.
La parte positiva es lo bien que le viene a nuestra autoestima especular sobre las extraordinarias capacidades del cerebro humano; que las tiene, solo que a ti y a mí no nos han tocado. Pero por muy atrayente que sea la idea de tener una memoria prodigiosa, la verdad es que esta incapacidad de olvidar es más bien una patología. Por suerte, en el mundo solo hay cincuenta hipermnésicos; es una estimación, se entiende.
miércoles, 3 de septiembre de 2025
Teoría del calcetín
Me he encontrado con esta frase que escribió el poeta Ángel Guinda —y que tal vez tenga también algo que ver con el filósofo Ernst Bloch y su “Principio de la esperanza”—: No espero la resurrección de los muertos, espero la insurrección de los vivos. ¡Le ha dado la vuelta al calcetín!
Esta jugada se puede intentar con casi todo, sea una idea, principio, creencia, refrán, etcétera. No siempre el revés es lo contrario; a veces mejora el original. Es lo que pasa con el calcetín de los derechos humanos. Si le damos la vuelta vemos, por el otro lado, los deberes; esos sí que son importantes.
Me acuerdo ahora de otra vuelta clásica de calcetín, aquella de JFK: no preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país. Si no está cogido el nombre; propongo, para este fenómeno, el de “Teoría del calcetín”.
domingo, 31 de agosto de 2025
Droga alternativa
En cuanto a amistades peligrosas y días de vino y rosas, poca cosa. Alcohol, algo he tomado, pero sin más consecuencias que el fenómeno de la cama que se mueve sola. Porros, un par de caladas, cero efecto. Drogas más duras, niente di niente; por suerte, supongo. Sospecho que si me hubiera encontrado en la situación (in)adecuada habría caído como casi todo el mundo.
Esto me recuerda lo mucho que admiro al que en una celebración, sin probar una gota de alcohol es el que más se ríe. Drogarse, de una u otra manera, con o sin prescripción médica, es algo que se ha hecho siempre y que demuestra lo mucho que le falta al ser humano para madurar (si es que llega a hacerlo algún día). Las drogas son una huída, claro. Una huída de la vida en blanco y negro hacia el color de las sensaciones adulteradas.
jueves, 28 de agosto de 2025
Elogio de la gallina (y 2)
J. es un tipo sensible, desde luego, pero esto no me lo esperaba: se le murió una gallina y se quedó tocado. Había un vínculo entre él y la gallina, no es fácil explicarlo, o igual no se puede explicar; son los sentimientos.
Se le murió la gallina y se sintió en la obligación de enterrarla. No sé qué se hace con las gallinas muertas; tirarlas a un contenedor, quemarlas con los rastrojos o echarlas a los cerdos para que se las coman. J. quiso honrar a la gallina y a su vida honesta de buena ponedora y la enterró en el prado, detrás de la casa.
No me contó más, pero puedo imaginármelo echando la última paletada de tierra, apisonando bien el terreno y dirigiendo al mismo tiempo una plegaria muda a la naturaleza, a la vida, al recuerdo de la gallina. Sí, por qué no; la gallina es un ser tan vivo como cualquiera de nosotros, e igual de muerto cuando le toca. Me acuerdo ahora de una vez que una gallina le dio un picotazo en el pómulo a un chaval. Seguramente se lo merecía.
lunes, 25 de agosto de 2025
Elogio de la gallina (1)
La gallina, hace tiempo que lo pienso, no es normal. Lo desconozco todo sobre ella (y más sobre el gallo) pero hay hechos que saltan a la vista. Me refiero, claro, a los huevos. ¿Cuántos huevos llega a poner una gallina en su vida? Me viene a la cabeza Stajánov, seguro que para él la gallina fue una referencia. La gallina nos deja mal a todos en cuanto a productividad, a ver quien es capaz de poner un huevo (metafórico) al día.
El huevo es una obra maestra de ingeniería, en eso estaremos de acuerdo. La gallina quiere reproducirse y pone un huevo. Luego se da una vuelta por el gallinero y cuando vuelve el huevo ha desaparecido. La gallina no se lo piensa dos veces y se pone de inmediato a fabricar otro. Picotea acá y allá y no sé cómo se las arregla para engendrar (no se me ocurre otra palabra) otra yema, envuelta en su clara y protegida primorosamente por una cáscara de diseño aerodinámico.
Podría seguir hablando largo y tendido de la gallina, de sus hipnóticos movimientos de cabeza, de sus ojillos saltones, de sus lustrosas gorduras, de su corto vuelo de ex-campeona de acrobacia aérea; pero se me acaba el espacio y tengo que contar algo sobre J. y las gallinas...
viernes, 22 de agosto de 2025
Kilimanjaro
El leopardo me ha hecho acordarme del cuento de Hemingway “Las nieves del Kilimanjaro” (y de K. que estuvo allí hace un par de años). En esa historia Hemingway hace una introducción en la que cuenta que cerca de la cima de la montaña se hallaba la carcasa helada de un leopardo y se pregunta, en plan alegórico, qué haría ese animal en aquellas alturas. El leopardo no era un invento del escritor: años antes, un pastor luterano alemán había visto, y fotografiado, uno.
De ese cuento se hizo en 1952 una película dirigida por Henry King. Hay otra de 2011 de Robert Guédiguian, titulada en francés “Les neiges du Kilimandjaro”, pero no tiene que ver con Hemingway y aún menos con el leopardo, sino más bien con una dramática canción francesa de 1966: “Kilimandjaro” de Pascal Danel, en la que se habla de un amor perdido y del manto blanco de la nieve que ayudará a “dormir” al desconsolado amante.
martes, 19 de agosto de 2025
No seré ese
Me ha sorprendido leerlo porque coincide simétricamente, diríamos, con algo que justo había pensado hacía poco y que me lleva a decir que el porvenir para los creyentes es el reflejo en el espejo del tiempo de esa interpretación del Génesis que hace Von Schirach.
Según la Iglesia, los justos pasarán la eternidad embelesados en la contemplación de la divinidad. Pensando en ello, se me había ocurrido que si, pese a mi dudoso comportamiento, voy al cielo, ese ente dichoso para siempre, y exento de humanidad, que se hará pasar por mí no seré yo, que no puedo dejar de ser un simple ser humano, con todas mis conocidas y queridas imperfecciones.
sábado, 16 de agosto de 2025
Esto ha pasado
Con el tiempo nos fuimos distanciando, como es natural, pero de vez en cuando quedábamos. Eso sí, tengo que decirlo, siempre le llamaba yo. Hasta que por una circunstancia familiar dejé pasar un tiempo sin hacerlo. Él tampoco me llamó, no se lo reprocho.
Pasaron algunos años, siempre pensando que podía llamarle, como si tal cosa, sin decidirme nunca a hacerlo. Solo una vez me lo encontré por casualidad un día de partido y hablamos un rato cordialmente. Pero no dijo nada de volver a vernos. Eso fue ya hace tiempo. La cosa ha seguido así, como algo pendiente por mi parte, hasta que de improviso me he topado con su esquela en el periódico.
En una ocasión, hace tanto tiempo, me dijo que tenía la corazonada de que iba a morir joven. No ha sido así, aunque no ha dejado de ser antes de tiempo. He pensado en acudir al funeral y preguntar de qué ha muerto, pero al final no he ido. Al fin y al cabo sus padres ya no están, nadie me iba a echar de menos y la pregunta tiene bastante de ridícula. Lo que me interesa de verdad es qué pensaba de nuestra (pasada) amistad y eso ya no me lo puede decir. Aunque supongo que, de haber vuelto a vernos, tampoco hubiera llegado nunca a preguntárselo.
miércoles, 13 de agosto de 2025
Antecedente
Hay que tener en cuenta que DL escribió su “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres” en el siglo III, unos novecientos años después de “suceder” los hechos. Que son estos: siendo un muchacho, un día, su padre mandó a Epímenes a buscar una oveja perdida. Dando vueltas por el monte se le hizo de noche y se refugió en una cueva, donde se quedó dormido. Cuando despertó… habían pasado 57 años.
No sé por qué 57, podían haber sido 50, por redondear. Me acuerdo de un compañero de trabajo que, para cobrar las dietas. siempre pasaba en números no redondos los kilómetros, alegando que así eran más verosímiles; igual DL pensó lo mismo.
Tras esos 57 años de sueño reparador, Epiménides volvió a su casa y se encontró con que no conocía a nadie; hasta que apareció un hermano suyo que ahora era un anciano. Cuenta DL que la noticia se extendió por toda Creta y Epiménides fue considerado “favorito de los dioses”. No me extraña lo más mínimo.
domingo, 10 de agosto de 2025
Veinte años
Volviendo a los veinte, hay un cuento al que le tengo especial cariño porque aparecía en un libro para niños que teníamos en casa. Lo publicó Washington Irving en 1819. Es la historia de Rip Van Winkle —qué buen nombre— que se emborracha y se queda dormido en algún rincón de las montañas Catskill y cuando, al despertar, regresa a casa resulta que han pasado veinte años…
No mucho después, Nathanael Hawthorne escribió otro inquietante cuento en el que el protagonista, un tal Wakefield, sale un día del hogar familiar y no vuelve hasta, casualidad, veinte años más tarde; solo que en realidad no se ha ido lejos, ha pasado todo ese tiempo en un apartamento en frente de la casa donde sigue viviendo su mujer.
jueves, 7 de agosto de 2025
Y habita entre nosotros
Me viene a la cabeza el versículo de la Biblia, Juan 1.14, que empieza: Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Siempre me preguntaba qué era exactamente eso del Verbo, que además va con mayúscula. En inglés han elegido la palabra Word, valga la redundancia translingüe. Por cierto que si en el principio fue el Verbo, es decir la Palabra, lo siguiente tuvo que ser la Literatura, que es la sublimación de la palabra.
La Biblia, cuando dice que el Verbo se hizo carne, está hablando de Jesucristo; pero ahora me parece que en realidad se refiere a todos los seres humanos; que también nos hacemos carne —nacemos— y habitamos entre los otros. La ciencia lo explica, o lo intenta; pero, con todos mis respetos, lo lógico, a bote pronto, es pensar que la procreación —que es la forma de creación que tenemos a nuestro alcance— es un auténtico milagro cotidiano.
lunes, 4 de agosto de 2025
Retorno a Moyano
Así que aprovechando que estaba en Madrid me he acercado a esa calle Moyano que está junto al Jardín Botánico (a ver si voy otro día). Me ha parecido que la cuesta era más empinada que antes, pero está claro que el que ha cambiado he sido yo, no la cuesta.
Serían las diez y media de la mañana, la temperatura era muy agradable y apenas media docena de puestos estaban ya abiertos. Mejor así, para no agobiarse. Los encargados se afanaban en colocar sus libros en los expositores que cada día montan y desmontan abnegados.
No soy un experto, ni en eso ni en nada, pero me ha sorprendido la calidad (literaria), en general, de los libros a la venta. No tenía idea de comprar, la verdad, pero al final me ha atraído uno, pequeñito, nuevo; una traducción reciente del latín de Lucio Anneo Séneca titulada Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, que en origen son tres opúsculos independientes. No me digas que no tiene buena pinta..
Le he enseñado el ejemplar al vendedor y este, en vez de mirar el precio me lo ha preguntado a mí. Me ha gustado el detalle, aunque igual lo que ha pasado es que ha visto que tenía ya el dinero preparado en la mano (doce euros). El libro me cabía en el bolsillo del pantalón, también lo he comprado por eso.
viernes, 1 de agosto de 2025
Incidente fronterizo
martes, 29 de julio de 2025
Fle, fli, flo
Si estás familiarizado con los lectores electrónicos habrás visto ejemplos. A veces se dan casos curiosos. Como este que cuento, el de un libro electrónico en el que cada vez que salen juntas en una palabra las letras f y l, en la pantalla aparece un espacio en blanco entre ambas.
La primera ha sido f lotando, y no le he dado mayor importancia; pero al rato ha aparecido f loreros y después af lojo. Mi suposición es que en el libro original, en papel, las efes y las eles debían de ser especialmente esbeltas y la “máquina de visión” dedujo, por su cuenta, que allí había un espacio en blanco; y como a ella, a la máquina, ni le iba ni le venía así lo reprodujo en su archivo epub, fb, pdf o lo que fuera.
Según avanzaba he comprobado que el patrón se repite, las efes y la eles siempre separadas. Ha habido una excepción, pero era una f mayúscula: la heladería Flamingo. Lógicamente, cada aparición, f laca, f lexible, ref lejo, me distraía del hilo de la narración o me arrastraba a otro hilo paralelo en el que he buscado alguna lógica y de hecho me ha parecido que la había: f lexiona, inf lar, af lojar, pantuf las...
sábado, 26 de julio de 2025
Sin nombre
Sobre mí pienso muy a menudo, pero como todo el mundo, imagino. No se trata de una cuestión de egoísmo, o no del todo. No es pensar en uno mismo, sino sobre uno mismo. Como no sé nada de nada, medito sobre ello, sobre el misterio de ser yo. Medito sin método, de un modo completamente amateur. Y no adelanto nada; o bueno sí, adelanto un poco, veo un poco más claro que no veo nada.
Este de hoy es un pequeño progreso en mi comprensión del mundo: el nombre no importa. Me podría haber llamado José Luis, por ejemplo, y en familia me llamarían Joselu o Chelis o de cualquier otra manera. Pero me llamo Javier y me llaman Javi. Y no significa nada. Sea lo que sea el ser humano, ponerle un nombre no tiene mucho más sentido que el de facilitar que Hacienda pueda distinguirnos (cosa que a la Muerte no le hace falta).
Pienso sobre mí mucho más de lo que pienso sobre ti, eso desde luego, y en ningún momento me pongo nombre, porque todos los nombres son aleatorios y porque no hace falta: soy yo solo en mí y no me puedo confundir con nadie más. Aquí estoy; en mí, solo, sin nombre.
miércoles, 23 de julio de 2025
Dos escenas
Segunda escena. Cada mañana un vehículo adaptado recoge sobre las nueve a la hija discapacitada de unos vecinos del barrio. La chica está ya en la treintena pero apenas se ha desarrollado. No anda, no habla, expresa sus emociones con gestos y sonidos y lleva gafas de bastante aumento. Habitualmente es el padre el que la acompaña. Hoy he pasado a su lado justo cuando la iban a subir al vehículo en su silla de ruedas. Así, he podido ver como, para despedirse, la chica echaba la cabeza hacia atrás, la giraba y miraba a su padre con una expresiva sonrisa de felicidad.
domingo, 20 de julio de 2025
Todo y nada
Tiene sentido, morirse no deja de ser una vuelta al origen y la vida, en general, bien se puede considerar un viaje a ninguna parte. Siendo esto así, una idea complementaria, o un corolario, es que nada y todo son la misma cosa. Es la vieja idea de Sócrates, que siendo de los más sabios de su tiempo se dio cuenta de que nada sabía.
Una vez, Flaubert le comentó por carta a su musa Louise Colet que quería escribir un libro sobre nada. No imagino libro más etéreo. Decía, Gustavo, que los mejores libros eran los que tenían menos tema. Lo que debía de querer decir era que con el estilo era suficiente (el estilo era lo suyo).
Me he enterado de esta idea de Flaubert por Muñoz Molina. Parece que, a su manera, la comparte (y a mí ya me tiene medio convencido). Apunta el querido Antonio que, en su opinión, escribir sobre nada es lo que consiguió Cervantes en la segunda parte del Quijote, en la que no pasa nada. O no pasa nada más que la vida.